Volvió a su propio funeral y su esposo entendió que había perdido todo

La noche en que mi esposo intentó matarme, el mar tenía el color del hierro.

No lo pensé en esos términos al principio. Durante mucho tiempo ni siquiera quise nombrarlo así. Prefería decir que Tomás me llevó al Mirador del Lobo en plena tormenta, que me mintió, que me traicionó. Pero la verdad no necesita maquillaje cuando una mujer embarazada cae desde un acantilado porque el hombre que le juró amor descubrió que su póliza valía más que su vida.

Yo estaba de nueve meses.

Mi hijo se movía con esa fuerza lenta y pesada de los bebés que ya casi están listos para llegar al mundo. Tenía los tobillos hinchados, la espalda ardida y una mezcla extraña de ilusión y miedo que me acompañaba desde hacía semanas. Aun así, cuando Tomás apareció en la puerta de nuestra habitación con un abrigo en la mano y una sonrisa suave, quise creerle.

—Ven conmigo —me dijo—. Solo un rato. Antes de que nazca el bebé, quiero que tengamos un momento bonito tú y yo.

Debí sospechar.

No porque el gesto fuera extraño, sino porque la ternura en él había empezado a parecerse demasiado a una actuación. Había pequeños detalles que me inquietaban desde hacía meses. Su teléfono siempre boca abajo. Las reuniones urgentes a horas absurdas. Las cuentas del hogar cada vez más opacas. Y Violeta Salas, su socia en la fundación cultural, orbitando alrededor de él con esa intimidad disfrazada de profesionalismo.

Pero yo estaba cansada. Mi madre llevaba muerta ocho meses. El embarazo me había vuelto más sensible de lo normal. Y cuando una mujer ama, a veces se convierte en experta en explicarse a sí misma todo lo que no quiere entender.

Acepté ir.

La carretera costera estaba casi vacía. La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta violencia que las escobillas parecían inútiles. Yo llevaba una manta sobre las piernas y las manos apoyadas en el vientre. Tomás conducía en silencio. No puso música. No intentó conversar. La luz del tablero le recortaba la mandíbula y le daba un aire frío, casi desconocido.

—¿Adónde vamos? —pregunté después de veinte minutos.

—A mirar el mar —respondió sin mirarme.

—Con este clima.

—Precisamente.

Hubo algo en su voz, una dureza apenas perceptible, que me hizo girar la cabeza hacia él. Recordé entonces una escena de dos semanas antes, tan pequeña que en ese momento la dejé pasar. Yo estaba ordenando unos papeles en su despacho cuando encontré un sobre de Valverde Protección Global, la aseguradora donde él insistió en contratar una póliza de vida millonaria para mí apenas supimos del embarazo. Cuando lo tomé, Tomás me lo quitó de la mano con demasiada rapidez.

—Son documentos fiscales —dijo.

—Ni siquiera sabía que ya había llegado la renovación.

—Yo me encargo.

Me sonrió, me besó la sien y cambió de tema.

Aquella noche, en el coche, ese recuerdo volvió con un peso distinto.

—Tomás —dije—, ¿en serio es buena idea salir tan lejos? Si empiezo con contracciones…

—No vas a empezar —me interrumpió.

La forma en que lo dijo me hizo apretar la manta.

Minutos después detuvo el auto en el estacionamiento del Mirador del Lobo. Era un lugar turístico durante el verano, famoso por la vista salvaje del océano batiendo contra las rocas negras. Pero en invierno, y con una

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