paquete incluía cena privada, flores, salida tardía y servicio de cava.
—¿Para quién?
El encargado miró a Tomás.
—Señor, por privacidad…
—No hay privacidad cuando intentan cargarlo a mi cuenta —dije.
El hombre respiró hondo.
—La reserva figura para el señor Beltrán y la señorita Paula Mena.
El nombre hizo que Tomás se levantara tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
Y entonces las puertas del elevador privado se abrieron.
Una mujer de vestido azul salió con una llave de hotel en la mano y una carpeta contra el pecho. No parecía triunfante. Parecía aterrada.
—Tomás —dijo—, ¿por qué me pediste que subiera si tu esposa está aquí?
La palabra esposa cruzó la terraza como un cuchillo limpio.
Ofelia reaccionó con una rapidez que reveló más que cualquier confesión.
—Usted no debería estar aquí.
Paula Mena la miró.
—Usted me llamó.
Tomás dio un paso hacia ella.
—Cállate y vete.
El guardia se interpuso.
Paula miró mi vestido mojado. Después miró la cuenta, la tarjeta rechazada, los rostros rígidos alrededor de la mesa.
—Me dijo que estaban separados —susurró—. Me dijo que Lucía se negaba a firmar el divorcio y que por eso todo tenía que hacerse con cuidado.
Yo sentí dolor, sí, pero no fue el dolor que Tomás esperaba. No eran celos lo que me cerraba la garganta. Era la confirmación de que su mentira necesitaba muchas víctimas para sostenerse.
—¿Qué hay en esa carpeta? —pregunté.
Paula la abrazó más fuerte.
Tomás intentó arrebatársela. El guardia lo sujetó del brazo.
—No me toque —gruñó.
—Entonces no avance —respondió el guardia.
Paula dejó la carpeta sobre la mesa. Cuando la abrí, vi copias de documentos bancarios, una solicitud de ampliación de crédito y un poder notarial con mi nombre impreso. En el espacio de la firma había una imitación torcida de mi rúbrica.
—Esto es falso —dije.
Ofelia no pudo contenerse.
—Falso, verdadero, ¿qué importa? Ese local tuyo no vale nada comparado con lo que Tomás podía lograr.
El señor Urrutia se puso de pie.
—Señora Beltrán, le sugiero que mida sus palabras.
—No me diga qué hacer en una mesa de mi familia.
—Precisamente por eso —respondió él—. Porque esta mesa acaba de explicarme más que cualquier auditoría.
Tomás miró a Urrutia con desesperación.
—Esto es un asunto matrimonial. No afecta el proyecto.
Rebeca llegó en ese momento.
La vi avanzar desde la entrada con su traje gris, una carpeta bajo el brazo y el rostro endurecido al verme empapada. No corrió. Rebeca nunca corría cuando quería ganar. Caminó como si cada paso ya estuviera firmado.
—Lucía —dijo—, ¿estás bien?
—Estoy despierta.
Ella entendió.
Rebeca revisó los documentos sobre la mesa. Después sacó de su carpeta las copias que yo le había enviado esa mañana.
—Señor Beltrán, esta firma fue reportada hoy como desconocida por mi clienta. También se notificó al banco la revocación de autorizaciones y la sospecha de uso indebido de documentos personales.
Tomás soltó una carcajada rota.
—¿Tu clienta? ¿Ahora eres una pobre víctima con abogada?
—No —dije—. Soy la dueña del local que intentaste hipotecar sin permiso.
Paula levantó una mano temblorosa.
—Hay algo más.
Ofelia la fulminó con la mirada.
—Ni se te ocurra.
Paula abrió su bolso y sacó un sobre blanco. Tomás se quedó inmóvil. Esa inmovilidad fue peor que