flores.
Levanté la vista.
—Esta cuenta está mal.
Ofelia suspiró.
—Siempre tan desconfiada. Por eso Tomás no te cuenta nada importante.
—No voy a pagar esto.
Tomás dejó la copa sobre la mesa.
—No te lo estoy pidiendo.
—Y yo no te estoy obedeciendo.
No sé qué parte lo enfureció más: mi negativa o que la hubiera dicho frente al señor Urrutia. Tomás tomó su copa de champán. Su mano no temblaba. La mía tampoco.
Por un segundo, sus ojos buscaron los de su madre. Ofelia no lo detuvo. Al contrario, ladeó la cabeza apenas, como quien autoriza a un perro a morder.
Tomás se levantó lo suficiente para inclinar la copa sobre mí.
El champán cayó frío sobre mi cabello, mi cara y mi vestido. Se deslizó por mi cuello, entró entre la tela y mi piel, empapó la servilleta sobre mis piernas. El restaurante entero se apagó en un silencio seco.
No fue una bofetada, pero dolió igual. No por el líquido. Por la certeza de que ese hombre había esperado años para hacer algo así y sentirse con derecho.
Tomás se acercó a mi oído.
—Vas a pagar y vas a pedir disculpas. O esta noche sales sin casa, sin local y sin apellido.
Algo dentro de mí se enfrió. No me rompí. Me alineé.
Tomé la servilleta y me limpié la mejilla lentamente. Luego saqué mi teléfono, lo puse boca arriba sobre la mesa y llamé al mesero.
—Necesito al encargado. Y seguridad.
Ofelia apretó la mandíbula.
—Lucía, estás haciendo el ridículo.
—No. Estoy haciendo constar lo que ocurrió.
Tomás recuperó la voz elegante que usaba con clientes.
—Mi esposa está pasando por un momento emocional. Nosotros liquidamos y nos retiramos.
El encargado llegó acompañado por dos guardias. Era un hombre de unos cuarenta años, rostro serio, manos cuidadosas.
—Señora, ¿en qué puedo ayudarla?
Señalé mi vestido.
—Este hombre acaba de vaciarme su copa encima delante de clientes y personal. Además, me está obligando a pagar una cuenta con cargos que no reconozco. Quiero que revisen el detalle y que seguridad permanezca aquí.
Tomás soltó una risa baja.
—Por favor, no pierda tiempo. Pase mi tarjeta.
Sacó la tarjeta negra como si fuera un arma. El encargado la recibió y se alejó.
Mientras esperábamos, Tomás murmuró:
—Te vas a arrepentir.
Me incliné hacia él.
—Ya me arrepentí ocho años. Hoy terminé.
Su expresión cambió cuando agregué:
—Sé lo del crédito. Sé que falsificaste mi firma. Sé que intentaste poner mi local como garantía. Y desde esta mañana no tienes autorización para tocar mis cuentas.
Tomás palideció. Ofelia dejó de jugar con el collar.
—No sabes de qué hablas —dijo él.
—Entonces no deberías verte tan asustado.
El encargado regresó con la tarjeta en una bandeja.
—Lo siento, señor Beltrán. Fue rechazada.
Tomás parpadeó.
—Pásela otra vez.
La pasaron otra vez. Rechazada.
El señor Urrutia observaba sin intervenir, pero su mirada se había vuelto pesada. El contrato de Tomás, ese por el que había organizado la cena, dependía de confianza financiera. Y no había nada más ruidoso que una tarjeta rechazada frente a un socio.
Yo tomé la cuenta.
—Explíqueme este cargo de habitación.
El encargado revisó la pantalla. Su incomodidad fue evidente.
—Corresponde a una suite reservada el jueves pasado a nombre del señor Beltrán. El