sonrió apenas.
—Curiosa reacción para una pregunta sencilla.
Inés palideció.
—Sí —dijo al fin, casi sin voz—.
Ella estaba conmigo.
Darío cerró los puños.
—No recuerdas bien.
—Recuerdo perfectamente —dijo Inés, ahora mirando a Valeria—.
Porque yo estaba nerviosa.
Ella me trajo agua.
Y me dijo que respirara antes de subir al estrado.
Valeria sintió que los ojos le ardían, pero no bajó la mirada.
—Hay cámaras en el salón Ámbar.
—Las cámaras también desaparecen —murmuró Darío, inclinándose hacia ella.
La frase apenas cruzó el aire, pero Santiago la oyó.
Su expresión cambió de una forma que hizo que dos meseros retrocedieran.
—Repite eso —dijo.
Darío enderezó la espalda.
—No dije nada.
Valeria sostuvo su mirada.
—Sí lo dijo.
Santiago se volvió hacia Armenta.
—Llave del cuarto de seguridad.
Armenta abrió las manos.
—Señor Beltrán, no podemos interrumpir la gala.
Hay invitados importantes, prensa, autoridades.
Esto puede resolverse después con discreción.
—La discreción es una sábana muy cómoda para esconder basura —dijo Santiago.
Armenta respiró por la boca.
—No tengo autorización.
Santiago no levantó la voz.
—Llave.
Fue una sola palabra, y aun así pareció mover las paredes.
Armenta sacó una tarjeta magnética del bolsillo con dedos torpes.
Se la entregó a Valeria, no a Santiago, como si quisiera fingir que todavía controlaba algo.
—Esto no debió llegar tan lejos —murmuró.
Valeria tomó la tarjeta.
—¿Qué cosa? ¿La mentira o mi defensa?
Armenta no contestó.
Santiago abrió paso.
—Vamos.
Valeria caminó hacia el corredor de servicio con la tarjeta en la mano y el sobre bajo el brazo.
A cada paso, sentía las miradas clavadas en su espalda.
Ya no era la coordinadora invisible que resolvía desastres sin nombre.
Era el centro de una acusación, de una alianza inesperada, de una amenaza que todavía no entendía.
Santiago caminaba a su lado, no delante.
Ese detalle la desconcertó.
Los hombres como él estaban acostumbrados a ocupar espacio.
Pero ahora parecía medir su paso para no convertirla en sombra.
—No necesito que me salve —dijo ella en voz baja.
—No lo estoy haciendo.
—Parece eso.
—Estoy caminando hacia una mentira que tiene mi nombre cerca.
Eso me interesa.
Valeria lo miró de reojo.
—¿Su nombre?
Santiago no respondió de inmediato.
Al llegar a la puerta del cuarto de seguridad, Valeria pasó la tarjeta.
La luz se puso verde.
Dentro, el guardia de turno se levantó tan rápido que la silla golpeó la pared.
—Señorita Rivas, esta área es restringida.
Santiago entró detrás de ella.
El guardia perdió el color.
—Buenas noches —dijo Valeria—.
Necesito el video del salón Ámbar de hace dos semanas.
Hora: 7:42 p.
m.
—No puedo mostrar material sin autorización.
Valeria sostuvo la tarjeta en alto.
—La tengo.
El guardia miró a Santiago.
—Ahora —dijo Santiago.
El hombre se sentó ante la consola.
Sus dedos temblaban sobre el teclado.
En la pantalla aparecieron carpetas, fechas, pasillos, salones.
Valeria notó que una de las cámaras del estacionamiento tenía una marca roja.
—¿Por qué esa cámara aparece desactivada? —preguntó.
—Falla técnica —respondió el guardia demasiado rápido.
—¿Desde cuándo?
—No recuerdo.
Santiago apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.
—Recuerda.
El guardia tragó saliva.
—Desde hace dos semanas.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—La noche que me robaron.
El archivo del salón Ámbar se abrió.
La imagen era