de la imagen.
En la bolsa de farmacia aparecía apenas el nombre de una sucursal: Isabel la Católica.
Eso reducía la búsqueda.
Llamó a Inés Castañeda.
Ella contestó al cuarto tono con voz ronca.
“Santiago, si es por un comunicado de tus clientes, mañana lo leo.”
“Tengo pruebas contra Osvaldo Bernal.”
El silencio al otro lado cambió de peso.
“¿Qué pruebas?”
“Videos, transferencias, documentos.
Y tiene a una niña y a su madre amenazadas.”
“Santiago, dime dónde estás.”
“Voy a buscarlas.”
“No vayas solo.”
“Si espero, las mueven.”
“Santiago.” La voz de Inés se quebró apenas, no de miedo, sino de rabia.
“Mándame copia ahora.”
Él conectó un disco externo, duplicó todo y comenzó a subir los archivos a una nube segura que Inés usaba para filtraciones.
Mientras la barra avanzaba, revisó de nuevo la lista de pendientes.
Había más nombres.
Muchas familias.
Algunos marcados con una palabra brutal: resuelto.
La carga llegó al cien por ciento.
Santiago envió el enlace.
Luego tomó a Benito, la memoria original, una chamarra y las llaves.
Cuando llegó al estacionamiento, su chofer no estaba junto al auto.
“¿Ramiro?”, llamó.
No hubo respuesta.
Una camioneta negra estaba estacionada cerca de la salida.
Dos hombres se bajaron al mismo tiempo.
No parecían delincuentes de película.
Parecían empleados de seguridad privada: camisa oscura, zapatos limpios, rostros sin expresión.
“El señor Bernal quiere hablar con usted”, dijo uno.
Santiago dio un paso atrás.
“Dígale que mañana le llamo.”
“Insiste en que sea hoy.”
El otro hombre avanzó con una bolsa de tela en la mano.
Santiago sintió miedo.
Miedo real, físico, de ese que no aparece en los contratos.
Por un segundo estuvo a punto de entregar el conejo.
Pero recordó los ojos de Lucía.
Recordó la mano con la llave azul.
Recordó la lista de nombres y la palabra resuelto.
Lanzó las llaves hacia el fondo del estacionamiento.
El llavero activó la alarma del auto al golpear el suelo.
El sonido estalló en el espacio cerrado, multiplicado por el eco.
Santiago apretó el control remoto una y otra vez, activando también las luces.
Los hombres voltearon por instinto.
Él corrió hacia la salida de emergencia.
Bajó cuatro pisos por las escaleras, con el corazón golpeándole las costillas.
En el segundo piso escuchó la puerta abrirse arriba.
Pasos.
Voces.
Alguien maldijo.
Santiago no era joven ni atlético, pero el miedo puede prestar fuerza.
Llegó a la planta baja, salió por un pasillo de servicio y apareció en una calle lateral.
No fue hacia su coche.
Levantó la mano a un taxi.
“Colonia Obrera”, dijo al subir.
“Rápido.”
El conductor lo miró por el retrovisor.
“¿A qué calle?”
Santiago amplió de nuevo la foto de Lucía.
“Primero a Isabel la Católica.
Luego le digo.”
Durante el trayecto, Inés le llamó.
“Ya vi una parte”, dijo sin saludar.
“Santiago, esto no solo tumba a Bernal.
Esto alcanza al gobierno de la ciudad, a notarios, jueces, policías.
¿Dónde estás?”
“Cerca de la farmacia.”
“Mandé a dos reporteros.
También contacté a una fiscal que todavía contesta mis llamadas.”
“No confío en nadie.”
“Haz bien en no confiar.
Pero tampoco juegues al héroe.
¿Tienes la memoria original?”
“Sí.”
“Entonces eres carnada.”
Santiago no respondió.
El taxi llegó a Isabel la Católica.
Santiago pagó en efectivo y caminó con la capucha levantada.
Encontró