Transmisión en vivo.
Mauricio.
Copias.
Salvatierra no lo sabía.
—¿Dónde está Mariela? —preguntó Julián.
El empresario lo miró con fastidio.
—Usted todavía cree que esto se trata de una enfermera.
—Se trata de pacientes muertos, dinero robado y una niña escondida debajo de una cama.
La sonrisa de Salvatierra desapareció.
—Se trata de poder. De construir cosas que otros solo critican. De mantener funcionando un sistema que todos usan cuando les conviene. ¿O cree que sus clientes son santos? ¿Que sus permisos salen limpios? No sea hipócrita, Rivas. Usted ha comido de esta mesa.
La frase le pegó donde debía. Julián pensó en contratos revisados sin preguntar demasiado, en firmas digitales, en juntas donde había preferido no escuchar ciertos nombres.
—Sí —dijo—. Y por eso voy a declarar.
Salvatierra se rió.
—¿Contra usted mismo?
—Si hace falta.
Por primera vez, el empresario perdió un poco el control. Miró a sus hombres.
—Quítenles los teléfonos.
Entonces se escucharon sirenas.
No una. Varias.
Clara soltó el aire que estaba conteniendo.
—No llamé a la policía local —dijo—. Llamé a la fiscalía federal y a dos medios nacionales. La transmisión lleva nueve minutos al aire.
Salvatierra se giró hacia ella.
Su rostro ya no tenía sonrisa.
—No sabe lo que acaba de hacer.
—Sí —respondió Clara—. Por primera vez en meses, exactamente eso.
Los hombres de Salvatierra dudaron. Las sirenas se acercaban. Afuera, luces rojas y azules atravesaron las rendijas de las láminas. Julián aprovechó ese segundo para levantar a la abuela de Luna y llevarla hacia la salida lateral.
Pero Salvatierra no intentó escapar.
Se acercó a Julián lo suficiente para hablarle al oído.
—Aunque me detengan, Mariela no aparece si yo no quiero.
Julián lo miró.
—Entonces va a querer.
El empresario entornó los ojos.
—¿Ah, sí?
Julián sacó la fotografía de Mariela y la puso frente a él.
—Porque ella dejó más de una memoria. Y porque usted no sabe quién más recibió copia.
Era una mentira a medias. No sabía cuántas copias existían. Pero Salvatierra tampoco.
La incertidumbre hizo más daño que una amenaza.
Cuando los agentes entraron, Salvatierra seguía mirando la foto.
Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron una caída lenta y pública. Clara publicó los documentos con respaldo de otros medios. Mauricio declaró. Julián entregó sus accesos, sus contratos y los correos que probaban la falsificación de su firma. La torre Santa Aurelia fue clausurada de manera preventiva. Tres funcionarios renunciaron antes de que los citaran. Dos médicos intentaron salir del país y fueron detenidos en el aeropuerto.
Pero Mariela no aparecía.
Luna pasó esos dos días en casa de Elena, caminando de la sala a la ventana con Nino en brazos. La abuela, cuyo nombre era Teresa, se recuperaba en una clínica pública bajo custodia. Cada vez que Luna preguntaba por su madre, todos buscaban una respuesta que no rompiera lo poco que le quedaba de esperanza.
La respuesta llegó al tercer día, de madrugada.
Un médico detenido pidió declarar. No por remordimiento, sino por miedo. Dijo que Mariela estaba en una casa de reposo privada a las afueras de Chapala, registrada con otro nombre, sedada y obligada a firmar reportes.
Julián fue con Clara, agentes federales y Teresa, que insistió en ir pese al dolor.
La casa de reposo parecía tranquila desde fuera: paredes