ya había hablado demasiado. Ella me empujó debajo de la cama y me tapó con la cobija. Me dijo que no hiciera ruido.
—¿Y tu mamá?
La niña apretó los labios.
—Mi abuela dijo… que mi mamá no está muerta.
Julián sintió que todo encajaba y se rompía al mismo tiempo.
No había solo un fraude.
Había una mujer desaparecida, una niña perseguida y una anciana secuestrada por intentar protegerlas.
—Luna, necesito llevarte a un lugar seguro.
—¿Con la policía?
Julián pensó en los documentos, en los nombres, en los funcionarios pagados por Salvatierra.
—Todavía no.
La niña lo miró con desconfianza.
—Mi mamá decía que cuando alguien dice todavía no, es porque tiene miedo.
Julián no pudo negar eso.
—Sí. Tengo miedo. Pero no voy a dejarte aquí.
Luna abrazó a Nino contra su pecho, aunque estuviera abierto.
—Entonces vamos por mi abuela.
Julián quiso decirle que no, que era peligroso, que una niña no debía estar cerca de aquello. Pero Luna lo miraba como si ya hubiera perdido demasiadas cosas como para aceptar otra espera.
—Primero vamos con alguien que puede ayudarnos —dijo él.
La llevó a su auto por la puerta trasera de la pensión. Mientras cruzaban el callejón, Julián vio un vehículo negro detenido al final de la cuadra. No encendió luces. No se movió. Pero cuando él dobló hacia la avenida, el vehículo arrancó detrás.
No manejó hacia su departamento. Tampoco hacia el despacho. Fue al único lugar donde pensó que Salvatierra no buscaría primero: la casa de su madre.
Elena Rivas vivía en una colonia antigua, en una casa de una planta llena de macetas, santos pequeños y fotografías familiares. Abrió la puerta con una bata azul y un rosario en la mano.
—Julián, ¿qué hiciste ahora?
Él no sonrió.
—Necesito que cuides a una niña.
Elena miró a Luna, empapada, pálida, abrazando un muñeco roto. No preguntó nada más. La hizo pasar, le dio una toalla, leche caliente y un plato de arroz con huevo.
Luna comió despacio al principio, luego con hambre contenida. A mitad del plato, se detuvo.
—¿Puedo guardar un poco para mi abuela?
Elena se llevó una mano al pecho.
—Claro que sí, mi niña.
Julián se encerró en la cocina y llamó a Mauricio desde un teléfono viejo de su madre.
—Tengo la llave.
—Entonces ve a la bodega —dijo Mauricio—. Pero no vayas solo.
—¿Con quién? No sé en quién confiar.
—Con una periodista. Clara Benítez. Mariela le mandó parte de la información antes de desaparecer. Lleva meses intentando publicar, pero le tumban todo. Si le entregas la memoria completa, al menos habrá copia.
Mauricio le dictó un número.
Clara contestó al tercer tono.
—No sé quién sea, pero este número no se lo doy a nadie.
—Soy Julián Rivas.
Hubo silencio.
—Mariela dijo que usted aparecería tarde —respondió ella—. Pero aparecería.
Media hora después, Clara estaba en casa de Elena. Era una mujer de unos treinta y cinco años, cabello corto, ojeras profundas y una mochila cruzada al pecho. No saludó con cortesías. Revisó la memoria en una laptop sin conexión y palideció.
—Con esto no solo cae Salvatierra. Caen médicos, aseguradoras, funcionarios y jueces.
—Necesito encontrar a la abuela de Luna —dijo Julián.
Clara miró la llave.
—Y quizá a Mariela.
Luna, desde la mesa,