La Niña Interrumpió La Boda Con Una Foto Prohibida

Lucía escuchaba en silencio, abrazada a la fotografía.

Mateo apretó los puños.

—¿Quién?

Elena miró hacia adelante.

—Renata debe decírselo.

Cuando llegaron al Santa Clara, el olor a desinfectante golpeó a Mateo con una familiaridad amarga. Había pasado media vida en hospitales, pero nunca había entrado a uno con tanto miedo.

La doctora Salcedo los recibió en el pasillo de la habitación 417. Era una mujer de lentes, rostro serio y ojos agotados.

—Doctor Solís —dijo—, no esperaba verlo vestido así.

Mateo miró su traje de novio como si perteneciera a otro hombre.

—¿Cómo está?

—Consciente, pero débil. Tiene sepsis controlada parcialmente y una lesión interna que requiere seguimiento inmediato. El medicamento que necesita llegó tarde por un problema administrativo. Ya estamos gestionándolo.

—Yo puedo conseguirlo.

—Lo imaginé.

La doctora bajó la voz.

—Pero antes de hablar de eso, hay algo que debe saber. La paciente insistió en que si usted venía, entrara solo primero. Luego la niña.

Lucía apretó la mano de Mateo.

Él miró esos dedos pequeños aferrados a los suyos. El gesto le atravesó el pecho.

—Voy a volver por ti —le dijo.

La niña asintió, aunque sus ojos se llenaron de miedo.

Mateo abrió la puerta.

Renata estaba en una cama blanca, más delgada de lo que él recordaba, con el cabello recogido y los labios sin color. Tenía tubos, vendas y ojeras profundas. Pero sus ojos eran los mismos.

Cuando lo vio, no sonrió. Lloró sin sonido.

Mateo se quedó junto a la puerta.

Durante ocho años había imaginado mil veces qué diría si pudiera verla otra vez. Le reclamaría por irse. Le pediría perdón por no llegar. Le contaría que la había amado incluso cuando intentó odiarla para sobrevivir.

Pero frente a ella, viva y rota, solo pudo decir:

—Renata.

Ella levantó una mano débil.

—No debiste venir vestido así.

La frase, absurda y triste, le arrancó a Mateo una risa quebrada.

Se acercó a la cama.

—Me dijeron que estabas muerta.

Renata cerró los ojos.

—A mí me dijeron que me habías vendido.

Mateo se inclinó, como si no hubiera escuchado bien.

—¿Qué?

—Después de esperarte en la estación, llegaron dos hombres. Me dijeron que tú habías elegido a Camila, que tu familia no quería verme y que si yo insistía, iban a denunciarme por acoso y por intento de extorsión. Yo no les creí. Fui a buscarte.

Su respiración se volvió difícil. Mateo tomó el vaso con popote y la ayudó a beber.

—Encontré a tu madre —continuó Renata—. No me dejaron entrar. Una mujer me entregó un sobre con dinero y una nota. Decía que tú pedías que no arruinara tu vida. La letra no era tuya. Pero yo estaba embarazada, sola, asustada. Seguí buscando hasta que Esteban Alcázar me citó.

Mateo sintió que la rabia le subía como fiebre.

—¿Qué te hizo?

Renata miró hacia la puerta, como si pudiera ver a Lucía al otro lado.

—Me mostró documentos. Dijo que podía probar que yo era inestable, que te perseguía, que quería usar un embarazo para sacarte dinero. Me dijo que si tenía a la niña y pronunciaba tu apellido, la perdería.

—Renata…

—No sabía cómo pelear contra gente así. Tenía veinte años. No tenía abogado. No tenía familia con dinero. Solo tenía miedo.

Mateo tomó su mano. Estaba fría.

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