—A Mateo.
El salón no respiró.
—¿Qué dijo exactamente? —preguntó él.
La voz de la niña salió rota.
—Dijo: “Perdóname, Mateo. No pude llevarte a nuestra hija”.
A Mateo se le borró el mundo.
Las lámparas, los invitados, la novia, las flores, el sacerdote, la música suspendida. Todo se convirtió en una sola palabra.
Hija.
Elena cubrió la boca de Lucía con suavidad, no para callarla, sino para abrazarla.
—No era así como debía saberlo —murmuró.
Mateo se levantó lentamente. Miró a la niña otra vez, ahora con una atención distinta, dolorosa. Vio la pequeña marca junto a su ceja izquierda. Él tenía una igual, una cicatriz mínima de infancia que su madre siempre había llamado su media luna.
Lucía tenía la misma.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó.
—Siete en agosto.
Mateo sintió un golpe en el pecho. Las fechas encajaron con una crueldad perfecta.
Camila dio un paso atrás.
—Esto es manipulación —dijo, pero su voz ya no tenía fuerza—. No puedes creerle a una niña asustada.
Mateo se giró hacia ella.
—Tú sabías.
—No.
—Camila.
—No sabía lo de la niña.
La frase salió demasiado rápido.
Demasiado específica.
Andrés, el padrino, levantó la cabeza.
La madre de Mateo se puso de pie, pálida.
—¿Qué significa eso? —preguntó la señora Teresa.
Camila miró a su padre.
Don Esteban apretó la mandíbula.
La segunda grieta se convirtió en derrumbe.
Mateo caminó hacia Camila sin tocarla.
—Dime que no sabías que Renata estaba viva.
Ella tragó saliva.
—Yo era joven.
Un murmullo indignado cruzó la sala.
Mateo no se movió.
—Dime la verdad.
Camila bajó la mirada al ramo destruido.
—Mi papá me dijo que Renata iba a arruinarte. Que te iba a sacar del país, que ibas a perder la beca, la clínica, todo. Dijo que ella no era para ti.
—¿Qué hicieron?
Don Esteban intentó intervenir.
—Cuidado con lo que insinuas.
Mateo lo miró con una frialdad que nadie le conocía.
—Estoy preguntando qué hicieron.
Camila empezó a llorar, pero no eran lágrimas de culpa pura. También había rabia, miedo a perder el control, vergüenza de ser vista sin el disfraz perfecto.
—Le ofrecieron dinero para irse. Ella no aceptó. Entonces mi papá habló con su hermano. Le consiguieron un trabajo lejos. Yo solo… yo solo te dije lo que me dijeron que dijera.
—¿Que estaba muerta?
Camila no respondió.
Mateo sintió náuseas.
—Me dejaste enterrarla viva.
La frase fue tan brutal que hasta don Esteban perdió color.
—Mateo, las cosas no fueron tan simples —dijo el hombre.
—¿No?
—Tú estabas a punto de firmar con el hospital internacional. Tenías un futuro. Esa muchacha venía con problemas, con pobreza, con una familia complicada. Mi hija te amaba.
—Renata también.
—Renata te iba a hundir.
Mateo miró a Lucía.
La niña tenía la cabeza hundida contra el uniforme de Elena, pero escuchaba cada palabra. Su pequeño cuerpo estaba rígido de miedo.
Mateo volvió a mirar a don Esteban.
—No vuelvas a hablar de su madre así.
Luego se quitó el anillo recién colocado y lo dejó sobre el atril del altar.
El sonido fue mínimo. Un golpe pequeño de metal contra madera.
Pero partió la boda en dos.
—Se cancela —dijo Mateo.
Camila se llevó una mano al pecho.
—No puedes hacerme esto.
—Tú me lo hiciste hace ocho años.
—Yo