mesa. Entre ellos seguían existiendo preguntas, heridas, años perdidos. Pero también estaba Alma, partiendo pan con las manos limpias, mirando los dos anillos sobre la mesa como si fueran dos puertas al fin abiertas.
—¿Mamá? —preguntó la niña.
—¿Sí?
—¿Ahora sí nos podemos quedar?
Inés miró a Octavio.
Él no prometió mansiones ni finales perfectos. Solo puso la mano sobre la mesa, cerca de ellas, sin invadir.
—Esta vez —dijo— nadie decide por nosotros.
Alma tomó un trozo de pan y lo puso en el plato de Octavio.
Era un gesto pequeño. Casi nada.
Pero para un hombre que había tenido todo menos paz, aquel pedazo de pan fue la primera señal de que su vida no estaba regresando al pasado.
Estaba empezando de nuevo.