El teléfono vibró otra vez.
Octavio contestó.
—Hola, hermano —dijo Damián al otro lado—. Siempre fuiste lento para encontrar lo importante.
La voz era tranquila, casi amable.
—Voy a hundirte —dijo Octavio.
Damián soltó una risa baja.
—Con cuidado. Casi todos los papeles tienen tu firma. El público no distingue entre un ladrón y un tonto que dejó robar.
Inés se acercó.
—No tienes el respaldo.
—Por eso sigues viva, querida.
Alma se tapó los oídos.
Octavio miró a Inés. Ella sostuvo su mirada con una mezcla de miedo y decisión.
—Dame una hora —dijo Octavio al teléfono—. Voy a llevarte la carpeta.
Inés negó con la cabeza.
Damián respondió:
—Solo. En la antigua sala de eventos del Aurora. Y no intentes jugar al héroe. Ya vimos dónde viven.
La llamada terminó.
—No puedes ir —dijo Inés.
—No voy a entregarle nada. Voy a hacerlo hablar.
—Octavio, no sabes con quién estás tratando.
—Sí lo sé. Con alguien que me quitó seis años.
Inés abrió la carpeta. Dentro había estados de cuenta, copias de transferencias, fotografías de reuniones y una memoria pequeña pegada detrás de una receta médica. También había una grabación en un viejo reproductor digital. La encendió.
La voz de Damián llenó la habitación, más joven, más nerviosa:
—El cuerpo no importa. Octavio no va a pedir verlo. Mientras tenga un anillo y un acta, va a creer lo que necesitemos.
Octavio sintió náusea.
Luego apareció la voz de Beatriz, su madre:
—No quiero saber detalles. Solo asegúrate de que Inés no vuelva con esa criatura.
Alma miró a su madre.
—¿La criatura soy yo?
Inés la abrazó.
—No escuches eso. Tú eres mi vida.
Octavio tuvo que apoyarse en la pared. Parte de él quería salir y destrozar a Damián con las manos. Otra parte, más fría, entendió que la rabia sola no salvaría a nadie.
Llamó a Sol Ortega, su abogada de confianza, la única persona que había renunciado al grupo Salcedo años atrás por no soportar a Damián.
—Necesito un notario, un fiscal honesto y una patrulla que no compre mi apellido —dijo Octavio.
Sol no preguntó si estaba borracho. Solo escuchó.
—¿Tienes pruebas?
Octavio miró a Inés.
—Tengo a una mujer que todos dieron por muerta.
La sala de eventos del Aurora olía a madera barnizada y flores costosas. Damián llegó con dos hombres de seguridad y la sonrisa de quien ya había ensayado su victoria. Vestía impecable, pero al ver a Octavio entrar solo con la carpeta bajo el brazo, sus ojos brillaron con ansiedad.
—Sabía que volverías a ser razonable.
—Quiero escuchar una cosa —dijo Octavio—. ¿Por qué?
Damián suspiró, como si la pregunta lo aburriera.
—Porque tú heredaste todo sin merecerlo. Porque eras el hijo perfecto, el viudo perfecto, el empresario triste que todos querían consolar. Yo hacía el trabajo sucio y tú recibías los aplausos.
—Quemaste una finca con una mujer embarazada dentro.
Damián se acercó.
—No dramatices. Ella salió. Siempre fue más resistente de lo conveniente.
Octavio sintió que cada palabra se grababa no solo en el dispositivo escondido en su saco, sino en una parte de su alma que jamás volvería a ser ingenua.
—¿Y mi madre?
Por primera vez, Damián perdió un poco la sonrisa.
—Beatriz protegió el apellido. Lo mismo que habrías hecho tú si no