La amenaza estaba en la calma.
Lucía caminó hasta el puesto.
El pasillo se abrió frente a ella.
Cada paso le pareció demasiado largo.
—La tarjeta que recogiste el martes.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
Jerry miró a Esteban y tragó saliva.
—A mí no me metan en problemas.
Esteban habló desde la barra.
—Ya está metido.
El viejo metió una mano dentro del chaleco y sacó una tarjeta doblada, manchada de café seco.
Se la entregó a Lucía sin mirarla.
No tenía nombre.
Solo un número de teléfono escrito a mano y tres palabras:
Ella está viva.
Mara soltó un sonido roto.
Esteban tomó la tarjeta.
Por primera vez, sus manos temblaron.
Ramiro aprovechó ese segundo.
Empujó a Tomás, que estaba cerca, y corrió hacia el pasillo lateral.
Un escolta intentó alcanzarlo, pero Ramiro derribó una torre de cajas de jitomate y el suelo se cubrió de fruta aplastada.
El mercado estalló en gritos.
—¡La niña! —gritó Lucía.
Porque Ramiro no corría hacia la salida.
Corría hacia Mara.
Todo pasó en segundos.
La niña estaba junto a la barra, paralizada.
Ramiro la tomó por la mochila y la jaló.
Lucía se lanzó sin pensar.
Agarró la correa rosa con las dos manos y tiró hacia atrás.
—¡Suéltala!
Ramiro la golpeó con el codo en el hombro.
El dolor le bajó hasta la mano, pero Lucía no soltó.
Mara cayó de rodillas.
Tomás llegó por detrás y embistió a Ramiro contra una pila de costales de azúcar.
Los escoltas lo redujeron allí mismo, con la cara contra el piso mojado.
—¡No la escuchen! —gritó Ramiro, respirando con dificultad—.
¡Esa mujer arruinó todo! ¡Elena debía desaparecer! ¡Usted no entiende, patrón! ¡Ella iba a hablar!
La frase dejó el mercado sin aire.
Esteban se acercó despacio.
—¿Hablar de qué?
Ramiro apretó los dientes.
Ya no parecía un hombre fuerte.
Parecía un animal acorralado.
—De los socios.
De las cuentas.
De todo lo que usted dejó que otros hicieran en su nombre.
Esteban no respondió.
Lucía vio entonces una grieta en la figura del hombre poderoso.
No sabía cuánto había hecho él, cuánto había permitido, cuánto había preferido no mirar.
Pero en ese instante comprendió algo: el poder también puede ser una casa cerrada donde nadie te dice la verdad porque todos te tienen miedo.
La tarjeta sonó.
No la tarjeta.
El teléfono dentro de la mochila rosa.
Mara se quedó mirando la mochila como si fuera una bomba.
Lucía, todavía con el hombro ardiendo, abrió el cierre.
Dentro, escondido bajo el cuaderno, había un celular viejo, de pantalla partida.
Vibraba con un número desconocido.
Esteban extendió la mano, pero Mara negó con desesperación.
Tomó el teléfono y se lo dio a Lucía.
—¿Quieres que conteste yo? —preguntó ella.
Mara asintió.
Lucía deslizó el dedo por la pantalla.
—Bueno.
Al principio solo se oyó respiración.
Luego una voz de mujer, baja y quebrada.
—¿Mara?
La niña se llevó ambas manos a la boca.
Esteban quedó inmóvil.
Lucía sintió que el mundo se achicaba alrededor de esa voz.
—No.
Soy Lucía.
Estoy con ella.
Hubo un silencio del otro lado.
—¿Está Esteban ahí?
Lucía miró al hombre del traje gris.
—Sí.
La voz se quebró.
—No le des el teléfono todavía.
No sé si puedo confiar en quienes están con él.
Esteban