niña está confundida.
Desde que la señora Elena…
—No digas el nombre de mi esposa.
Ramiro cerró la boca.
Lucía escuchó esa frase y sintió que las piezas empezaban a moverse.
Elena.
La mujer de los dibujos.
La pulsera de hospital.
El collar verde.
Esteban se arrodilló frente a Mara, manchándose el pantalón con una gota de agua que caía de la barra.
Nadie habría imaginado a ese hombre arrodillado en un mercado, pero lo hizo sin importarle los ojos ajenos.
—Mara, mírame.
La niña obedeció a medias.
—¿Ramiro te ha estado quitando comida?
Mara miró a Lucía.
Esa mirada fue respuesta suficiente.
Ramiro empezó a hablar rápido.
—Patrón, con todo respeto, usted dijo que no la consintiéramos, que la doctora dijo rutina estricta, que después de lo de su madre no convenía…
—Yo dije rutina.
No hambre.
La voz de Esteban salió tan baja que los escoltas se tensaron.
Mara metió la mano en su mochila.
Sacó el cuaderno de unicornios y se lo ofreció a Lucía, no a su padre.
Ese gesto lastimó más que cualquier acusación.
Esteban lo vio.
Sus ojos se llenaron de algo que no era ira, sino vergüenza.
—Ella confía en usted —dijo Lucía, sosteniendo el cuaderno.
—Ábralo.
Lucía dudó.
Mara asintió.
Entonces abrió.
Las primeras páginas mostraban platos vacíos, fechas y una figura grande con cuello ancho.
Luego venían dibujos de una casa con rejas negras, una habitación cerrada, una mujer junto a una ventana y el collar de piedra verde.
En la última página había una frase que se repetía con letras cada vez más firmes:
Mamá no se fue.
Esteban dejó de respirar por un instante.
—¿Quién te dijo eso? —preguntó.
Mara señaló a Ramiro.
El hombre retrocedió.
—No, señor.
No.
Yo jamás.
Son fantasías.
La niña escuchaba conversaciones, inventaba cosas.
Usted sabe cómo quedó después del accidente.
—¿Qué accidente? —preguntó Lucía antes de poder detenerse.
Todos la miraron.
Ramiro sonrió apenas, como si hubiera encontrado un modo de despreciarla.
—Esto no le incumbe.
—A estas alturas, creo que sí —dijo Lucía.
Esteban no la contradijo.
Durante meses, según se sabía, la esposa de Esteban Salvatierra había muerto en un accidente en carretera.
Un choque de madrugada, una camioneta incendiada, un cuerpo reconocido por joyas y documentos.
Después de aquello, la niña dejó de hablar.
Esteban se encerró en negocios y delegó el cuidado de su hija a empleados de confianza.
Ramiro era uno de ellos.
Lucía miró otra vez el dibujo del collar.
—Yo he visto esto —dijo.
Esteban giró hacia ella.
—¿Dónde?
—No el dibujo.
El collar.
Ramiro se quedó inmóvil.
Lucía recordó a una mujer de lentes oscuros que había llegado tres días antes al mercado.
Traía el cabello recogido bajo un pañuelo, un abrigo beige y las manos temblorosas.
Había preguntado por una niña sin dar demasiados detalles.
Cuando Lucía, asustada, le dijo que no sabía nada, la mujer dejó una tarjeta bajo una servilleta.
Lucía la había visto caer al piso más tarde.
Pensó que era publicidad.
Pero no fue ella quien la recogió.
Miró hacia el puesto de periódicos.
Jerry, el viejo vendedor, intentaba cerrar discretamente una caja de revistas.
—Jerry —dijo Lucía.
El hombre levantó la cara con una sonrisa falsa.
—¿Qué pasó, hija?
Los escoltas de Esteban se movieron apenas.
No necesitaban correr.