centro.
Lucía lo vio cuando le acercó el chocolate y la pequeña estiró la mano.
El estómago se le apretó.
—¿Te duele? —susurró.
La niña escondió el brazo.
El Sapo golpeó la barra con dos monedas.
—Menos plática.
Lucía levantó la vista.
—Estoy preguntando si quiere otra servilleta.
El hombre sostuvo su mirada demasiado tiempo.
—Pues no quiere.
Ese día, la niña dejó algo bajo el plato.
Una servilleta doblada en cuatro.
Lucía la abrió hasta que ellos se fueron.
Había un dibujo hecho con lápiz azul: una mujer con mandil rojo, claramente Lucía, parada frente a una puerta.
Detrás de la puerta, una niña pequeña.
Debajo, con letras temblorosas, decía: No me dejes ir sola.
Lucía tuvo que agarrarse de la barra.
Tomás la encontró así, pálida, con la servilleta en la mano.
—Lucía.
—No puedo hacer como que no vi esto.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Llamar a la policía? ¿Contra Salvatierra?
Ella cerró los ojos.
Sabía que Tomás no hablaba por cobardía.
Hablaba por miedo real.
En el mercado había historias de denuncias que se perdían, cámaras que dejaban de grabar, testigos que de pronto recordaban otra cosa.
—Voy a observar —dijo al fin—.
Voy a juntar lo que pueda.
Tomás exhaló con frustración.
—Eso también es peligroso.
—No tanto como ser niña y no tener a nadie.
Desde ese día, Lucía empezó a anotar fechas en la parte trasera de las facturas viejas.
Hora de llegada.
Estado de la niña.
Palabras del chofer.
Marcas visibles.
A escondidas, tomó una fotografía del moretón cuando la niña estiró la mano hacia el vaso.
La imagen salió borrosa, pero suficiente.
También empezó a revisar la mochila rosa cuando tenía oportunidad.
No para invadir, se decía, sino para entender.
Una mañana, la niña olvidó cerrarla y Lucía vio dentro un cuaderno pequeño con tapa de unicornios.
No lo tocó.
Pero la niña la miró y, muy despacio, lo empujó hacia ella.
Lucía entendió que era permiso.
Dentro había dibujos.
Muchos.
Una casa grande con rejas negras.
Una habitación con una cama enorme.
Un pasillo largo.
Una mujer acostada en una cama de hospital.
Un collar con una piedra verde.
Un hombre sin cara.
Y una frase repetida en varias páginas:
Mamá no se fue.
Lucía sintió frío aunque la plancha de las tortas ardía a su lado.
—¿Tu mamá? —susurró.
La niña apretó los labios.
Sus ojos se llenaron de agua, pero no lloró.
Tomó el lápiz y escribió una palabra debajo del dibujo de la mujer.
Elena.
Lucía guardó el cuaderno en la mochila justo cuando El Sapo regresó del pasillo.
—¿Qué haces? —preguntó él.
Lucía tomó un trapo y limpió la barra con fingida calma.
—Se le cayó azúcar.
El Sapo miró a la niña.
—Vámonos.
La pequeña se puso de pie de inmediato.
Antes de irse, dejó una moneda sobre la barra.
Encima de la moneda, un papelito diminuto.
Lucía lo abrió cuando ya no pudo verlos.
Decía: Viernes.
Solo eso.
El viernes llegó con lluvia.
Desde temprano, el mercado olía a tierra mojada, aceite caliente y flores húmedas.
Los pasillos estaban resbalosos.
Los vendedores gritaban más fuerte para imponerse al ruido de la tormenta sobre el techo de lámina.
Lucía no había dormido.
Tenía el teléfono cargado, las notas escondidas en el bolsillo del mandil y