—No lo supe. Y debí saberlo.
Alma miró su pan.
—Yo traté de decírtelo.
—Lo sé.
—Pero Rebeca siempre estaba.
—También lo sé.
La niña levantó los ojos.
—¿Te vas a ir otra vez?
Esteban sintió que esa pregunta era más importante que cualquier sentencia.
—Voy a tener que trabajar algunas veces fuera —dijo—, pero nunca voy a desaparecer de tu vida. Y si algo se siente mal, aunque parezca pequeño, me llamas. Si no puedo contestar, llamas a Marta, a Irene, al número que está pegado en tu mesa. Nadie va a decidir por ti cuándo pedir ayuda.
Alma pensó un momento.
—¿Y si no me creen?
Esteban se agachó frente a ella.
—Yo voy a creerte primero.
La niña no sonrió. Todavía no. Pero apoyó la frente en su hombro.
Meses después, la casa de Las Lomas cambió. Esteban mandó retirar los paneles del pasillo de servicio. El cuarto oculto fue vaciado, limpiado y convertido en un pequeño invernadero interior con techo de cristal. Alma eligió las plantas: lavanda, menta, bugambilias en macetas grandes. Donde había estado la cerradura, Esteban colocó una puerta de vidrio sin llave.
—Para que siempre se vea adentro —dijo Alma.
—Para que siempre se vea adentro —repitió él.
El día que el juez dictó medidas definitivas contra Rebeca y Darío, Alma no quiso ir al tribunal. Esteban tampoco la obligó. Al volver, la encontró en el invernadero, sentada en el piso, cosiendo con Marta un vestido nuevo para Nina. Esta vez la tela era azul, con flores diminutas.
—¿Ganamos? —preguntó Alma.
Esteban se sentó a su lado.
Pensó en el dinero recuperado parcialmente, en la reputación dañada, en los amigos que desaparecieron, en las noches perdidas. Pensó en Lucía, en lo que habría sentido al saber que su hija había sido herida dentro de la casa que debía protegerla.
Luego miró a Alma: viva, respirando, con una aguja torpe entre los dedos y la luz de la tarde sobre el cabello.
—Estamos a salvo —dijo—. Eso es más importante.
Alma le entregó la muñeca.
En el pecho de Nina había cosido un bolsillo pequeño.
—Ya no es para esconder mensajes —explicó—. Es para guardar cosas bonitas.
Esteban metió la mano en el bolsillo y encontró un papel doblado. Por un segundo, el miedo antiguo le cruzó la cara. Alma lo notó y le tocó la muñeca.
—Ábrelo, papi.
Él obedeció.
La letra seguía torcida, pero esta vez los renglones subían como una escalera hacia la luz.
“Papá, estoy en el jardín. No tengo miedo. Ven a ver mis flores”.
Esteban no pudo hablar. Abrazó a su hija con cuidado, sin aplastarla, sin hacer promesas enormes. Solo se quedó ahí, respirando con ella, mientras Marta regaba la lavanda y el sol entraba por la puerta transparente.
La casa perfecta se había roto para siempre.
Pero en el lugar exacto donde antes hubo oscuridad, Alma había sembrado vida.