llames a Rebeca —murmuró.
—No voy a llamarla.
—Ella dijo que tú le firmaste permiso.
Esteban se quedó quieto.
—¿Permiso para qué?
Alma tragó saliva con dolor.
—Para enseñarme a obedecer.
La ambulancia llegó catorce minutos después. A Esteban le parecieron catorce años. Los paramédicos revisaron a Alma en la sala, le midieron la presión, la temperatura, los niveles de hidratación. Uno de ellos miró a Esteban con una mezcla de cautela y furia profesional.
—Tiene signos de deshidratación y exposición prolongada a un lugar frío. Necesita valoración pediátrica inmediata.
—Llévenla. Voy detrás.
Alma le apretó la mano.
—No me dejes.
—No te dejo.
Subió con ella a la ambulancia, pero antes de cerrar la puerta vio a Julián, el chofer de la casa, parado junto a la reja. El hombre tenía la gorra en las manos y la cara desencajada.
—Señor… yo no sabía.
Esteban lo miró sin responder.
—La señora dijo que la niña estaba con su tía en Valle de Bravo. Dijo que usted sabía.
La ambulancia arrancó.
En el hospital, Alma fue atendida con urgencia. Tenía fiebre baja, moretones viejos en un brazo y un miedo que no aparecía en ninguna radiografía. Cuando una enfermera intentó quitarle la muñeca para revisarla, la niña se alteró tanto que Esteban tuvo que pedir que la dejaran abrazarla.
—Nina me cuidó —dijo Alma, medio dormida.
Esteban se sentó junto a la cama, sosteniendo su mano diminuta. Cada tanto, la niña abría los ojos para asegurarse de que él seguía ahí.
A las dos de la mañana llegó Irene Salvatierra, abogada de Esteban desde hacía más de una década. No llevaba maquillaje. Traía el cabello recogido de cualquier manera y una carpeta bajo el brazo.
—Dime que la niña está estable —fue lo primero que dijo.
—Está viva.
Irene apretó los labios.
—Eso no es lo mismo.
Esteban le entregó el papel de la muñeca dentro de una bolsa transparente que le había dado una enfermera. Luego le mostró fotografías del cuarto oculto, de la botella vacía, de la cerradura, de los dibujos encontrados en la habitación.
—Necesito que entres a mi despacho —dijo—. Rebeca pudo haber movido documentos. Tengo cámaras, pero no sé si las borró.
Irene lo miró.
—¿Dónde está ella?
—No lo sé. Y por primera vez desde que me casé, no quiero saberlo antes que la policía.
La abogada hizo dos llamadas. Una a un perito digital. Otra a un comandante que ya había trabajado en casos de fraude patrimonial. Esteban escuchaba con el cuerpo presente y la mente en otro lugar: la voz de Alma diciendo “para enseñarme a obedecer”.
A las cuatro, cuando Alma por fin durmió profundamente, Esteban salió al pasillo. Marta, la nana, estaba sentada en una banca, llorando en silencio.
Él la había despedido hacía un mes.
No personalmente. Rebeca le había mostrado un video donde Marta supuestamente guardaba dinero en su bolso. Esteban, en medio de un viaje, autorizó la liquidación por teléfono. No preguntó más. No llamó a Marta. No quiso convertir un robo doméstico en drama.
Ahora la vio encogida, envejecida de golpe, y la culpa le cayó encima como una losa.
—Marta.
La mujer se levantó.
—Señor, yo le juro por mis hijos que nunca tomé nada.
—Lo sé.
Marta se cubrió la boca para no sollozar.