—Yo intenté hablar con usted. La señora me quitó el teléfono de la casa. Luego me mandó un mensaje desde el número de Alma diciendo que no volviera, que la niña estaba mejor sin mí. Yo… yo pensé que usted también lo quería.
Esteban miró hacia la habitación de su hija.
—¿Alma te dijo algo antes de que te fueras?
Marta dudó. Esa duda le dio más miedo que cualquier respuesta.
—Me dijo que Rebeca la castigaba en el cuarto frío cuando usted viajaba. Yo pensé que hablaba del cuarto de juegos, señor. Le pregunté y se cerró. Esa misma semana apareció el dinero en mi bolso.
—¿Qué dinero?
—Cincuenta mil pesos. En billetes nuevos. Yo jamás había visto tanto junto.
Esteban sintió que cada pieza caía en un lugar peor que el anterior.
Irene lo llamó una hora después desde la casa.
—Tienes que volver —dijo.
—No voy a dejar a Alma.
—Marta puede quedarse con ella. Hay policías aquí. Esteban, encontré tu caja fuerte abierta.
Él cerró los ojos.
—¿Qué falta?
—Lo suficiente para entender que esto no era solo contra Alma.
Regresó a Las Lomas con una patrulla detrás. La casa ya no parecía suya. La cinta de seguridad en la entrada, los agentes caminando por el vestíbulo, los guantes de látex sobre sus muebles, todo le daba la sensación de haber vivido años dentro de una escenografía.
Irene lo esperaba en el despacho.
La caja fuerte estaba abierta. No forzada: abierta con clave. Sobre el escritorio había carpetas que Esteban no recordaba haber firmado. Poderes notariales. Autorizaciones de transferencia. Un contrato preliminar para vender dos bodegas industriales. Una solicitud de evaluación psicológica infantil. Y una modificación de la administración del fideicomiso de Alma.
—Tu firma aparece en todo —dijo Irene—, pero hay diferencias. Buenas, casi imperceptibles. Necesitamos peritaje, pero esto parece falsificación.
Esteban tomó una hoja.
La firma era suya y no lo era. Tenía la inclinación correcta, la presión casi exacta, el remate final apenas más largo.
—¿Cuánto movieron?
—Hasta ahora, treinta y ocho millones de pesos en transferencias fragmentadas. Parte fue a una empresa fantasma. Parte a una cuenta en Panamá. Y parte a nombre de una fundación.
—¿Qué fundación?
Irene deslizó otro documento.
Fundación Luz Serena.
Esteban conocía ese nombre. Rebeca lo mencionaba en cenas, en eventos benéficos, en entrevistas sociales. Una fundación para mujeres en situación vulnerable. Él había donado dinero. Había prestado salones. Había posado para fotos.
—Era una pantalla —dijo Irene.
—¿Para qué?
—Para mover dinero sin levantar sospechas. Pero hay algo peor.
La abogada encendió una laptop. El perito digital había recuperado fragmentos del sistema de cámaras. La mayoría de archivos de las últimas dos semanas habían sido eliminados, pero no borrados correctamente. En pantalla apareció el pasillo de servicio con fecha de tres días antes.
Alma estaba en pijama, descalza, sosteniendo a Nina contra el pecho. Rebeca aparecía detrás, impecable con un conjunto crema, el cabello recogido, una copa de vino en la mano.
No parecía furiosa. Eso fue lo que más golpeó a Esteban.
Parecía tranquila.
El video no tenía audio al principio. Se veía a Alma negar con la cabeza. Rebeca se agachaba frente a ella, le tomaba la barbilla, le decía algo. La niña empezaba a llorar. Rebeca señalaba el panel de madera.
Luego el