La muñeca de mi hija escondía el secreto de mi ex desaparecido

muñeca. Renata la limpió como pudo con una toallita húmeda, le acomodó el vestido y la sentó a cenar con nosotras. Hasta le puso nombre.

—Se va a llamar Abril —anunció.

Yo asentí sin ganas.

Durante la cena fingí normalidad. Le pregunté por la escuela, por la tarea, por el diente que estaba a punto de caérsele. Pero mi cabeza volvía una y otra vez a Tomás. A la posibilidad de que aquel paquete no fuera solo una crueldad, sino otra de sus maneras de manipular. A lo mucho que podía seguir dañando incluso desde lejos.

Acosté a Renata temprano. Le conté un cuento corto. La besé en la frente y apagué la lámpara.

Cuando por fin me metí a mi cuarto, abrí la aplicación del banco y confirmé lo de siempre: él no había depositado un solo peso. Ni ese mes. Ni el anterior. Ni ninguno en años.

Entonces, ¿por qué mandar una muñeca?

La respuesta llegó de madrugada.

Me despertó un ruido leve, casi doméstico.

Como tela rozando tela.

Ras…

Ras…

Tardé unos segundos en comprender que venía del cuarto de Renata. Me levanté y avancé por el pasillo a oscuras. La puerta estaba entornada. El aire olía a shampoo infantil y a polvo viejo.

La vi enseguida.

Sentada en el suelo, iluminada por la luna, con la muñeca sobre las piernas.

No estaba jugando.

Sus dedos pequeños se movían con precisión en la costura abierta del costado, como si siguiera un mapa. Había arrancado un trozo de hilo y a un lado tenía un papel doblado varias veces y un envoltorio transparente.

—Renata —susurré.

Ella alzó la cara de golpe. Sus ojos estaban enormes.

—Mamá… —dijo con un hilo de voz—. Papá dijo que lo hiciera sola.

Se me cerró la garganta.

—¿Cuándo te dijo eso?

—En un sueño —respondió, y luego, muy rápido, añadió—. Bueno… no sé. Sentí que me lo decía. Que había que abrirla porque adentro había algo para ti.

No quise asustarla más. Le pedí con suavidad lo que tenía. Se resistió un segundo, pero al final me entregó el papel y la bolsita.

La acosté de nuevo, le dije que yo me encargaba, que nada malo iba a pasar.

Le mentí con una seguridad que no sentía.

En mi cuarto encendí la lámpara, cerré la puerta y abrí el papel.

La letra me golpeó antes que el sentido de las palabras.

Era de Tomás.

Yo había visto esa escritura apurada en servilletas, formularios, tarjetas del Día de la Madre que compraba cinco minutos antes. Pero aquella vez algo era distinto: las letras estaban torcidas, temblorosas, separadas de una manera extraña.

Decía:

“Sácame. No le creas.”

Nada más.

Volví a leerlo varias veces.

Luego abrí la bolsita plástica.

Adentro había una memoria diminuta y una fotocopia de una identificación. La foto era sin duda de Adriana Valdés. El peinado pulcro, la mandíbula fina, los ojos claros que tantas veces había visto en revistas. Pero el nombre impreso era otro.

Mónica Salas.

Fecha de nacimiento distinta a la que yo recordaba haber leído en una entrevista.

Lugar de origen: Linares, Nuevo León.

Me quedé helada.

Había algo profundamente incorrecto en esa credencial, como si alguien hubiera pegado por un segundo otra cara detrás de la máscara perfecta de una mujer pública.

Conecté la memoria

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