Mi hija me llevó al baño de una plaza comercial para enseñarme que alguien nos había seguido toda la mañana.
No me lo dijo llorando. No me jaló con desesperación. No hizo ese ruido tembloroso que hacen los niños cuando están a punto de romperse. Solo me tomó la mano con una fuerza impropia de sus ocho años y me dijo, casi sin mover los labios:
—Mamá, al baño. Ahorita.
Yo estaba comparando precios de cuadernos y un paquete de calcetas escolares. Era sábado, había mucha gente, y la plaza al aire libre estaba llena de familias, carriolas, adolescentes con bebidas heladas y esa música neutra que parece diseñada para que una olvide cuánto tiempo lleva gastando dinero. Mi primera reacción fue pensar que Abril quería evitar otra tienda. La segunda fue mirar su cara.
Ahí fue cuando entendí que no se trataba de un capricho.
Abril podrá exagerar con la sopa, con el sueño, con las matemáticas y con cualquier tipo de verdura verde, pero no exagera el miedo. Nunca lo ha hecho. Por eso dejé lo que llevaba en las manos, le dije a la dependienta que enseguida volvía y la seguí.
Entramos al baño de mujeres que estaba junto al área de cafés. Abril caminó directo hasta el último cubículo, cerró la puerta con seguro y se pegó contra ella como si quisiera impedir que alguien más pasara. Luego se inclinó hacia mí con la voz reducida a un hilo.
—No hables. Mira esto.
Traía cruzada al pecho la mochilita lavanda que mi suegra, Nora, le había regalado la noche anterior. Era pequeña, con parches de estrellas y un cierre dorado. Nora había aparecido en nuestra casa con una bolsa de regalo y una amabilidad demasiado pulida para ser espontánea. Dijo que la había visto y que había pensado en Abril. Insistió en que la estrenara al día siguiente.
A mí me pareció raro, pero no lo suficiente como para iniciar una guerra por una mochila infantil.
Abril la dejó en el piso y señaló la base.
—En la tienda de zapatos sonó como un pajarito —susurró—. Luego la agarré y sentí algo duro aquí abajo.
Me agaché. Por dentro, en el forro de la base, había una pequeña separación mal cosida, como si alguien hubiera abierto la costura y luego la hubiera cerrado con prisa. Desde afuera se marcaba una forma redonda y lisa debajo de la tela.
Al principio no entendí.
Después lo vi.
Un rastreador.
Abrí apenas el forro con la yema de los dedos y confirmé lo que mi cuerpo ya sabía: estaba pegado con cinta transparente, colocado a propósito en un punto donde no se sintiera al cargar la mochila. No era un objeto olvidado. No se había caído dentro por accidente. Alguien lo había escondido.
Tuve un segundo exacto de hielo en el pecho. Uno solo. Luego me pasó algo que jamás me había pasado en una situación así: no sentí pánico. Sentí enfoque.
Saqué el teléfono y recordé una notificación que había descartado más temprano porque pensé que era una tontería. La abrí otra vez.
Dispositivo desconocido detectado contigo.
Desde las 9:12 de la mañana.
Miré la hora. Ya era casi mediodía. Alguien había podido seguir cada una de nuestras paradas, las tiendas, los pasillos, el área de juegos por