Pagué los boletos de avión de mis padres para que vinieran a verme después de cinco años, y aun así no pasaron ni una sola noche en mi casa.
Cuando el avión aterrizó, yo estaba en la sala con un vestido azul que no usaba desde mi último ascenso, una olla hirviendo en la cocina y dos copas que había sacado del aparador de mi abuela. Había limpiado el departamento como si viniera una inspección: ventanas abiertas, cojines derechos, flores blancas en la mesa, sábanas nuevas en el cuarto de visitas.
A las cinco y cuarenta recibí el mensaje de mi madre.
“Ya llegamos, hijita. Iván mandó un taxi por nosotros. Luego te vemos.”
Leí esa frase de pie junto a la mesa, con el mantel todavía tibio por la plancha. Luego te vemos. Como si yo fuera una escala secundaria. Como si no hubiera pagado los vuelos, reorganizado mi semana, rechazado una visita técnica importante en Puebla y preparado una habitación que llevaba meses imaginando ocupada por ellos.
No respondí de inmediato. Me dije que quizá estaban cansados. Que tal vez mi hermano, con sus dos hijos pequeños y su casa siempre llena de ruido, los había convencido de ir primero para que los niños los saludaran. Me dije muchas cosas porque eso era lo que mejor sabía hacer con mi familia: buscar explicaciones que dolieran menos que la verdad.
Mi nombre es Valeria Solís. Tengo treinta y siete años y me dedico a restaurar edificios antiguos, especialmente teatros y hoteles históricos. Trabajo con paredes que se descascaran, vigas podridas, vitrales quebrados, mármol partido. Me pagan por mirar de cerca lo que otros prefieren no ver. Una mancha de humedad en el techo. Una fisura casi invisible en una columna. Una puerta que parece firme hasta que uno toca la madera y descubre que está hueca por dentro.
Durante años hice lo mismo con mi familia, pero al revés. En vez de señalar las grietas, las cubría.
Mis padres vivían en Mérida. Yo me había mudado a Querétaro cinco años antes por trabajo, después de una oportunidad grande: dirigir la restauración de un teatro de principios del siglo XX que casi todos daban por perdido. Al principio llamaban seguido. Mi mamá preguntaba por el clima. Mi papá quería saber si la ciudad era segura. Luego las llamadas cambiaron de tono.
“Tu papá se atrasó con una cuota, hija.”
“La medicina está carísima este mes.”
“A Iván se le complicó la escuela de los niños.”
“Solo mientras se acomoda.”
La palabra “solo” se volvió permanente.
Yo transfería. Primero con culpa, luego con costumbre, después casi sin pensar. Nunca me pidieron visitarles si yo no podía pagar el vuelo. Nunca sugirieron venir por su cuenta. Cuando yo hablaba de ahorrar para comprar un pequeño departamento, mi madre suspiraba y decía que qué bueno que no tenía hijos, porque así podía apoyar un poco más.
Apoyar. Así llamaban a sostenerlos.
Por eso, cuando mi padre cumplió setenta años y mi madre me dijo por teléfono que extrañaba “verme la cara en persona”, sentí una alegría infantil que me dio vergüenza reconocer. Compré los boletos esa misma noche. Elegí horarios cómodos, pagué equipaje, reservé un coche de alquiler para que no dependieran de nadie. Preparé el cuarto de visitas con una manta ligera