solo tiene mis cosas.
Se sentó en una banca, abrió la mochila y me mostró su tesoro absurdo y perfecto: una libreta, una piedra con forma de corazón, una goma mordida, una pulsera de cuentas. Nada escondido. Nada cosido. Nada ajeno.
Me reí. Y fue una risa limpia, de las que vuelven después de mucho tiempo.
A veces la recuperación no se parece a una gran victoria. A veces se parece a una niña enseñándote el interior de su mochila en una banca cualquiera, como si te devolviera el derecho a mirar sin miedo.
Esa tarde volvimos a casa antes de que anocheciera. Cerré la puerta, eché la cerradura nueva y me quedé un segundo con la mano sobre el metal. No sentí encierro. Sentí límite. Y entendí algo que debí haber entendido años antes: el hogar no solo es el lugar donde te quieren, sino el lugar donde nadie tiene derecho a vigilarte para llamarlo amor.
Abril pasó corriendo hacia su cuarto. Tomás me rodeó la cintura en silencio. Mi teléfono estaba quieto sobre la mesa. Sin notificaciones extrañas. Sin alertas. Sin sombras metidas en nuestros objetos.
Por primera vez en mucho tiempo, la calma no parecía una tregua. Parecía nuestra.