la miró con desconcierto.
—Renata, basta.
Pero Renata ya había perdido el control.
—¿Creen que ganó esa beca solo por brillante? Por favor. Escribió una historia triste. A la gente le encanta premiar a las abandonadas.
Algo se rompió en el pasillo, no con ruido, sino con claridad. Mi padre levantó la vista.
—¿Cómo sabes qué escribió en su solicitud?
Renata se quedó callada.
Yo recordé el intento de acceso bloqueado. Recordé un archivo borrado durante la solicitud. Recordé haberme culpado por mi cansancio.
—Renata —dije despacio—. ¿Entraste a mi correo?
—No seas ridícula.
Detrás de mí apareció el profesor Arriaga con una carpeta gris. Su expresión era seria.
—Daniela, la rectora necesita verte un momento.
Mi estómago se cerró.
—¿Pasó algo?
El profesor miró a Renata, luego a mis padres.
—Esta mañana llegó una denuncia anónima al comité académico. Acusaba a Daniela de inventar partes de su historia y manipular documentos para obtener la beca.
Mi madre se puso pálida.
Renata no dijo nada. Esa fue su confesión antes de cualquier prueba.
—La denuncia incluía capturas de pantalla —continuó el profesor—. Pero quien las envió cometió un error. Adjuntó metadatos con una cuenta personal vinculada a la red de residencias estudiantiles. Ya está en revisión con asuntos académicos.
Mi padre se giró hacia Renata.
—Dime que no fuiste tú.
Renata abrió la boca. La cerró. Miró a mi madre.
—Yo solo quería que revisaran. No era justo.
Mi mamá soltó el ramo. Los girasoles cayeron al piso.
—¿Qué cosa no era justa? —susurró.
—Que ella viniera aquí a quitármelo todo —dijo Renata, y su voz por fin dejó ver el fondo—. Santa Lucía era lo mío. Ustedes estaban orgullosos de mí. Luego aparece ella con su beca, su discurso, su historia de mártir…
—Yo no te quité nada —dije.
—Claro que sí. Desde niñas. Siempre eras la buena sin intentarlo. La que no pedía y por eso parecía noble. La que sacaba diez aunque nadie la ayudara. Yo tenía que ser perfecta para que me miraran.
Mi padre dio un paso atrás, como si la frase lo hubiera golpeado.
Por primera vez vi a Renata no como una villana de cuento, sino como alguien que también había crecido en una casa donde el amor se repartía como premio. Eso no justificaba nada. Pero explicaba la forma torcida en que aprendió a defender su lugar.
La rectora nos recibió en una sala pequeña. Estaban dos miembros del comité y una asesora legal de la universidad. Revisaron los documentos frente a todos. La denuncia era falsa, pero el intento de dañar mi expediente era real. Renata había usado información privada, había enviado acusaciones sin sustento y había tratado de retrasar mi reconocimiento antes de la ceremonia.
—La ceremonia no se verá afectada —me dijo la rectora—. Tu grado y tus honores están confirmados. En cuanto a la señorita Renata Morales, el caso pasará al comité disciplinario.
Renata empezó a llorar. Esta vez no fue elegante ni contenido. Fue un llanto de miedo.
—Papá, di algo.
Mi padre la miró. Durante años, yo había esperado que alguna vez me defendiera así, con decisión. Pero cuando habló, no fue defensa para ninguna de las dos.
—Yo les enseñé esto —dijo muy bajo.
Nadie respondió.
Él se sentó como si de pronto envejeciera diez