pensar en otra cosa. No quería ir por venganza, me repetía. No quería estar cerca de Renata. No quería convertir mi vida en una respuesta a mi padre. Pero cada argumento se deshacía frente a una verdad sencilla: Santa Lucía tenía el mejor seminario de políticas públicas del país, acceso a archivos, profesores invitados, redes que podían abrirme puertas reales.
Yo no iba a rechazar una oportunidad solo porque ellos la habían ensuciado.
Solicité el traslado.
No se lo dije a nadie en casa.
Llegué a Santa Lucía un lunes nublado. Los edificios eran de piedra clara, los jardines parecían peinados y los estudiantes caminaban con esa calma de quienes nunca han contado monedas antes de comprar comida. Mi maleta vieja hacía un ruido torpe sobre el piso liso de la residencia. Algunas personas voltearon a verla. Yo seguí caminando.
Mi cuarto era pequeño, pero limpio. Tenía una ventana hacia jacarandas y un escritorio firme. La primera noche no lloré. Me senté frente a la computadora nueva que la beca me había proporcionado y trabajé en mi proyecto de tesis hasta que la luna se escondió detrás de las ramas.
Renata me encontró tres semanas después en la biblioteca central.
Yo estaba revisando un archivo sobre becas rurales cuando una sombra se detuvo sobre mi mesa. Levanté la vista. Mi hermana sostenía un vaso de té helado y llevaba un saco color crema que seguramente costaba más que mi renta de un mes en Monterrey.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
No dijo mi nombre. Como si nombrarme volviera real la escena.
—Estudio.
—No puedes estudiar aquí.
Saqué mi credencial y la dejé sobre la mesa.
Renata la miró. Sus ojos se detuvieron en el logotipo de la beca.
—¿Desde cuándo?
—Desde este semestre.
—Mamá y papá no me dijeron nada.
—No lo saben.
Eso le molestó más que verme allí. Renata necesitaba que toda información pasara por ella, como si la familia fuera una habitación donde ella controlaba la luz.
—¿Y cómo pagas? —preguntó.
—Con la Beca Horizonte.
Su cara cambió apenas. La sorpresa se volvió cálculo.
—Qué conveniente.
—Sí —respondí—. Lo es.
Guardé mis papeles, pero no porque ella me intimidara. Había aprendido a no regalarle mis reacciones.
Esa noche comenzaron las llamadas. Mi madre dejó cinco mensajes. Renata mandó textos cada vez más largos. Mi padre escribió solo una línea: Llámame ahora.
Contesté al día siguiente, caminando bajo los arcos del edificio central.
—Tu hermana dice que estás en Santa Lucía —dijo mi padre.
—Sí.
—¿Y pensabas ocultarlo?
—No pensé que les importara.
Hubo una pausa.
—Claro que nos importa. Eres nuestra hija.
La palabra nuestra sonó extraña en su boca.
—¿Lo era cuando empujaste mi carta sobre la mesa?
Su respiración se volvió más lenta.
—No vamos a volver a esa discusión.
—Para ti fue una discusión. Para mí fue una sentencia.
Mi madre tomó el teléfono.
—Daniela, hija, no hagas esto más grande. Tu papá estaba preocupado por el dinero. Se dijeron cosas difíciles.
—Él las dijo. Ustedes las escucharon. Renata sonrió.
Silencio.
—Vamos a estar allá en junio —dijo mi madre al fin—. Para la graduación de Renata. Hablaremos entonces, con calma.
Para la graduación de Renata.
No preguntó si yo también me graduaba. No preguntó qué estudiaba, cómo vivía, si necesitaba algo, si estaba bien.