leído en voz alta porque la tinta estaba corrida.
“Y cuando dudes, mira el lago en invierno. No se rinde. Solo cambia de forma para resistir.”
Lloré en silencio.
Las semanas siguientes fueron menos teatrales y más difíciles, como suele ser la vida real. Teresa llamó tres veces. Lucía no contestó ninguna. Álvaro amenazó con pelear el fideicomiso. Julián le respondió con una carta tan contundente que no volvimos a saber nada de una demanda. Nora presentó la separación. Elena empezó a visitar a Lucía por su cuenta, primero con timidez, luego con honestidad. Diego le mandó un mensaje de voz donde le preguntaba si todavía podía ir a pescar en verano. Lucía le dijo que sí.
En enero fuimos a Chicago a ver escuelas.
La vi caminar por los pasillos de un instituto de arte con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, tratando de aparentar calma mientras le brillaban los ojos frente a los talleres y las paredes cubiertas de bocetos. Mateo apretó mi mano.
—Mi papá estaría feliz —murmuró.
Lucía fue aceptada en marzo.
La noche en que llegó la carta no hizo escándalo. Se quedó sentada en la encimera de la cocina, leyéndola tres veces, como si no quisiera romper el hechizo diciendo algo demasiado rápido. Luego bajó y abrazó a Mateo con tanta fuerza que casi le tiró los lentes.
—Voy a ir —dijo, riéndose y llorando al mismo tiempo—. Voy a ir de verdad.
En mayo abrimos la casa del lago para ventilarla después del invierno. El hielo se había retirado. La madera del muelle olía a sol. Lucía pasó la mano por la baranda como si saludara a alguien vivo. Sacó una caja de herramientas y empezó a ajustar unos tornillos sueltos.
—Igual que el abuelo —dijo Mateo desde atrás.
Ella sonrió sin dejar de trabajar.
—No. Mejor. Él siempre perdía la llave inglesa.
Nos reímos los tres.
A finales de ese mes llegó un sobre sin remitente. Dentro había una sola hoja, escrita por Teresa a mano. No pedía perdón. No sabía cómo. Hablaba de confusión, de dolor, de sentirse desplazada tras la muerte de Ernesto, de decisiones tomadas “en un momento difícil”. Lucía la leyó entera, la dobló y la guardó en un cajón.
—¿No vas a contestar? —le pregunté.
Se quedó pensando unos segundos.
—No todo merece respuesta solo porque alguien por fin se quedó sin excusas.
Y tenía razón.
El verano llegó despacio. El lago dejó de ser un espejo gris para volverse azul oscuro. Diego vino una semana. Elena otra. Nora pasó una tarde a tomar café en el porche y terminó ayudándonos a limpiar el cobertizo. Nadie mencionó a Teresa. Nadie necesitó hacerlo.
En agosto, un día antes de que Lucía se mudara a Chicago, hicimos una cena pequeña en la cocina. No hubo mantel elegante ni vajilla de fiesta. Solo pasta, pan caliente y una tarta de manzana que salió más quemada de un lado de lo que yo quería admitir.
Después de cenar, Lucía llevó tres tazas al muelle: una para ella, una para Mateo y una para mí. El atardecer estaba cayendo lento. El agua devolvía una franja naranja rota por pequeñas ondas.
—Tengo miedo —dijo de pronto.
—Claro —respondió Mateo—. Eso pasa cuando algo importa.
Ella sostuvo la taza entre ambas manos.