despacio. Tenía una marca roja en la mejilla por dormir contra el asiento. Olía a frío, a tela húmeda y a cansancio.
—Estoy bien —murmuró.
No lo estaba.
La subimos a la camioneta, le envolví las manos con mis guantes y encendimos la calefacción al máximo. Mientras bebía sorbos pequeños de café tibio de un vaso desechable, nos contó lo mínimo. Que había intentado encontrar un motel. Que no había habitaciones. Que se estacionó un rato frente a una tienda cerrada. Que manejó sin rumbo. Que no quería llamar porque sentía vergüenza.
Vergüenza.
Como si la vergüenza fuera suya.
—No tienes que volver —le dije.
Lucía miró por la ventana, hacia la carretera que llevaba a la casa del lago. Su voz salió ronca.
—Sí voy a volver.
Mateo la observó con cuidado.
—¿Estás segura?
Se acomodó el abrigo sobre las piernas y asintió.
—Quiero saber por qué el abuelo hizo eso.
Llegamos a las nueve y media.
La casa del lago aparecía entre los pinos cubierta de nieve fresca, hermosa y hostil al mismo tiempo. La chimenea seguía encendida. Había coches en la entrada. Las cortinas del comedor estaban entreabiertas.
Julián Ferrer nos esperaba en el vestíbulo con un abrigo camel, un portafolio de cuero y esa expresión pulida que solo se rompe cuando el desastre ya tiene forma jurídica.
—Gracias a Dios —dijo al ver a Lucía—. ¿Estás bien?
Lucía hizo un gesto breve. No dijo sí. No dijo no.
Pasamos al comedor.
La mesa seguía puesta. El pavo intacto. El pastel de nuez cubierto con film plástico. Las copas sin recoger. Era como entrar al escenario de una obra suspendida por un accidente.
Teresa estaba de pie junto al aparador, impecable pese a no haber dormido, con un suéter color crema y los labios tensos. Álvaro estaba sentado, ya irritado. Nora permanecía cerca de la ventana, en silencio. Elena, la prima, no levantaba la vista.
—Esto es una exageración ridícula —dijo Teresa apenas nos vio—. Solo hubo un malentendido.
Lucía se detuvo en la puerta.
El aire de la habitación cambió.
Julián colocó su portafolio sobre la mesa, sacó varias carpetas y las abrió con movimientos precisos.
—No hay malentendido —dijo—. Hay documentos.
Puso frente a todos la constancia de registro, la copia certificada del fideicomiso y un sobre viejo con el nombre de Lucía escrito a mano.
—La casa del lago pertenece a Lucía Valdés Herrera desde las 00:03 de esta madrugada.
Álvaro soltó una risa seca.
—Mi padre no haría semejante estupidez.
Julián giró un documento hacia él.
—Su firma. Su notario. Su voluntad. Sí la hizo.
Mateo se acercó como si el papel pudiera quemarlo. Yo le vi el pulso acelerado en el cuello.
Lucía no se movía.
—Quiero leer la carta —dijo al fin.
Julián se la entregó.
Sus manos aún estaban rojas por el frío cuando abrió el sobre. La letra de Ernesto era inconfundible: firme en algunas líneas, temblorosa en otras, como si el cuerpo le hubiera fallado antes que la claridad.
Lucía empezó a leer en silencio. Luego tragó saliva y dijo:
—Léanla todos.
Mateo tomó la hoja y la leyó en voz alta.
“Hija,
si estas palabras llegaron a tus manos, entonces ya cumpliste dieciocho y yo probablemente no pude quedarme para verte entrar del todo en la vida