demostraban que Raúl y Mariela habían recibido notificaciones del fideicomiso antes de expulsar a Inés. Tere la acompañó a bancos, oficinas y citas médicas. Cada documento parecía pequeño, pero juntos empezaron a formar una pared.
Raúl apareció en la panadería una tarde de viernes.
Venía bien vestido, demasiado bien para una visita casual. Traía un sobre manila. Saludó a Tere con una educación falsa y pidió hablar con su esposa.
—Exesposa, si Dios ayuda —murmuró Tere desde el mostrador.
Inés salió de la trastienda. Llevaba el celular en el bolsillo del suéter, grabando. Paula se lo había recomendado.
—Di lo que tengas que decir.
Raúl sonrió.
—No hace falta ponerse así. Lo que pasó fue desagradable, pero todavía podemos resolverlo en familia.
—Me dejaste en la calle.
—Te pusiste dramática.
—Cambiaste la cerradura.
—Porque necesitaba orden.
Inés miró el sobre.
—Qué traes ahí.
Raúl lo puso sobre una mesa.
—Un acuerdo de administración. Tú no estás en condiciones de manejar algo tan grande. Si firmas, vuelves a la casa. Mariela y yo retiramos cualquier acción. Nadie tiene que enterarse de tus confusiones.
—Qué algo tan grande.
El silencio fue mínimo, pero suficiente. Raúl se dio cuenta de su error.
Inés dio un paso hacia él.
—Cómo sabes lo del fideicomiso.
Su rostro cambió. Ya no era el hombre afable de la parroquia. Era el gestor que conocía sellos, tiempos, presiones, miedos.
—Porque las cartas llegaron a mi casa antes que a tus manos.
—Mi casa.
—La casa en la que yo vivía. No seas ingenua. Una mujer de tu edad no puede andar con millones sin que alguien serio la oriente.
—Tú me robaste.
—Yo te administré.
Tere apareció junto a Inés con un rodillo en la mano. No hizo ademán de usarlo, pero Raúl retrocedió medio paso.
—Salga de mi panadería —dijo.
Raúl la miró con desprecio.
—No se meta, señora.
Inés sacó el celular y lo dejó sobre la mesa, todavía grabando.
—Ella sí se metió. Me dio techo cuando tú me sacaste. Tú, en cambio, acabas de confesar que abriste mis cartas.
Raúl se puso pálido. Luego intentó recuperar control.
—Pueden grabar lo que quieran. Mariela y yo ya hablamos con un médico. Si sigues comportándote así, pediremos que revisen tu capacidad. A tu edad, un juez escucha esas cosas.
La amenaza quedó flotando entre el olor a pan dulce y café.
—Gracias —dijo Inés.
Raúl frunció el ceño.
—Por qué.
—Por decirlo tan claro.
Al día siguiente, Paula presentó la grabación. También solicitó una orden para que Raúl no se acercara a Inés y pidió congelar cualquier movimiento relacionado con la casa. Pero Raúl se había adelantado en otro frente.
El juzgado tenía registrada una solicitud de interdicción provisional contra Inés. Raúl y Mariela pretendían que se le designara un tutor temporal por supuesta disminución cognitiva. Si lo lograban, podrían controlar su capacidad para firmar demandas, acuerdos y documentos relacionados con el fideicomiso.
La audiencia era al día siguiente.
Inés pasó esa noche sin dormir. Tere se sentó con ella en la cocina de la panadería, mientras el sobrino terminaba pedidos.
—Tengo miedo —admitió Inés.
—Claro que tienes miedo. No estás hecha de cantera.
—Y si el juez les cree.
Tere le sirvió chocolate caliente.
—Entonces hablas como me hablaste hoy a mí. Con la verdad