Luján, en Monterrey. La llamo por el Fideicomiso Leal, constituido por el señor Simón Leal Paredes.
Inés apretó el teléfono.
—Simón murió en 1994.
—Lo sé, señora. El fideicomiso fue diseñado para activarse treinta años después de su fallecimiento. Hemos enviado notificaciones certificadas a su domicilio, pero fueron recibidas por terceros. Necesito confirmar que estoy hablando con usted.
Inés pensó en Raúl, en Mariela, en las carpetas sobre la mesa.
—De qué fideicomiso habla.
Hubo una pausa profesional.
—El señor Leal invirtió en vida en una compañía de tecnología médica que posteriormente fue adquirida en el extranjero. También dejó regalías y participaciones administradas por un fondo. Usted figura como única beneficiaria. El valor actual del portafolio es de aproximadamente 67 millones de dólares.
El mundo no giró. No hubo música, ni luz milagrosa, ni alivio inmediato. Solo un silencio tan profundo que Inés escuchó el refrigerador viejo de la panadería y el golpe de la masa bajo las manos de Tere.
—Debe haber un error.
—No lo hay.
—Por qué Simón no me lo dijo.
—Por lo que dejó escrito, sospechaba que su enfermedad podía empeorar y no quería que el conocimiento de esos activos la expusiera. Hay además una condición.
Inés cerró los ojos.
—Cuál.
—Para liberar el fideicomiso, debe acreditarse que usted no está bajo control económico ni presión de un cónyuge, familiar o tercero que busque beneficiarse de usted. Si existe indicio de abuso patrimonial, usted debe iniciar acciones legales y quedar protegida antes de recibir cualquier desembolso. El señor Leal fue muy específico: ningún agresor debía tocar su herencia.
Tere dejó de amasar.
Inés abrió los ojos.
Durante treinta años había creído que Simón pertenecía al pasado. De pronto, su voz parecía cruzar el tiempo para decirle que todavía podía ponerse de pie.
La reunión con Ernesto fue dos días después, en una sala privada de un hotel en el centro. Paula insistió en acompañarla. Ernesto llegó con una carpeta azul marino y una caja plana sellada.
Era un hombre de sesenta años, sobrio, de traje oscuro y mirada tranquila. No felicitó a Inés como si la fortuna fuera un premio. Le ofreció agua, le mostró identificación, explicó cada documento y contestó todas las preguntas de Paula.
Simón había constituido el fideicomiso en noviembre de 1993, meses antes de morir. Había dejado instrucciones para que el fondo permaneciera cerrado durante treinta años. La condición no era caprichosa: la madre de Simón, explicó Ernesto, había perdido sus bienes en manos de un segundo esposo después de enviudar. Simón temía que Inés, por noble y confiada, quedara algún día atrapada en una situación parecida.
Inés bajó la mirada.
—Me conocía demasiado.
Ernesto abrió la caja plana. Adentro había una carta dentro de un sobre color marfil, sellado todavía. En el frente estaba escrito su nombre con la letra inclinada de Simón.
—Esta carta debe entregársele cuando el fideicomiso quede liberado. Antes no puedo abrirla ni leerla.
Inés tocó el sobre con la punta de los dedos, sin tomarlo.
—Entonces primero tengo que pelear.
Paula respondió con suavidad.
—Primero tiene que protegerse. Pelear viene incluido.
Los días siguientes fueron una mezcla de miedo y precisión. Paula solicitó medidas urgentes para impedir nuevos movimientos sobre la casa y las cuentas. Ernesto envió copias certificadas de los acuses de recibo que