Siete horas después de la cesárea, Valeria Ríos seguía con la bata manchada, los labios resecos y una recién nacida dormida sobre el pecho cuando su esposo decidió que una cena en un restaurante elegante era más urgente que llevarlas a casa.
Iván Salcedo miró su celular por tercera vez, hizo una mueca al ver la hora y tomó las llaves de la camioneta del buró junto a la cama.
—Pide un taxi del sitio —dijo—. Voy a llevar a mi mamá al Mirador. La mesa no la guardan toda la noche.
Valeria pensó que no había escuchado bien. La anestesia todavía le nublaba la cabeza, el dolor le subía por el vientre cada vez que respiraba profundo y la bebé, Lucía, apenas tenía unas horas aprendiendo a existir fuera de su cuerpo.
—¿Me estás diciendo que me vaya sola? —preguntó.
Iván se acomodó el reloj frente al espejo del cuarto. No parecía un hombre cuya esposa acababa de salir del quirófano. Parecía alguien impaciente por escapar de una incomodidad.
—No dramatices. Mañana te dan de alta. La enfermera te baja en silla si tanto te duele.
Su madre, Beatriz, estaba junto a la ventana con un vestido azul marino y un bolso rígido colgado del antebrazo. Se había quejado del olor del hospital, del café de la máquina, del color de la manta de la bebé y de que Valeria no se hubiera maquillado para las primeras fotos.
—Antes las mujeres parían y seguían atendiendo la casa —dijo Beatriz, sin mirar a su nieta—. Ahora todo es trauma.
Jimena, la hermana de Iván, soltó una risa breve desde el sillón.
—Además, mamá cumple sesenta. No todos los días se reserva en el Mirador.
Valeria bajó la vista hacia Lucía. La niña tenía una mano cerrada sobre la tela de su bata y el ceño fruncido, como si aquel cuarto blanco ya le resultara demasiado ruidoso. Era tan pequeña que la rabia de Valeria tuvo que hacerse a un lado para dejar espacio al instinto.
—Iván —dijo, con cuidado—. Me abrieron el vientre esta mañana. No puedo cargar la pañalera, la bolsa, los documentos y a la niña. Apenas puedo sentarme.
Él suspiró con fastidio.
—Siempre encuentras la forma de hacerme quedar mal.
Esa frase dolió más que la herida. Porque no era nueva. Iván la usaba cada vez que Valeria no sonreía suficiente frente a su familia, cada vez que se negaba a pagar algo que él había prometido en público, cada vez que le pedía que dejara de presumir dinero que no ganaba.
Cuando se casaron, Iván decía admirar su sencillez. Le gustaba que Valeria llevara el cabello recogido, que no hablara demasiado, que trabajara desde casa como contadora independiente. Decía que era una mujer sin complicaciones. Lo que nunca dijo, pero Valeria entendió con el tiempo, era que prefería una esposa a la que pudiera subestimar.
Los Salcedo la habían aceptado con una cortesía delgada, llena de pequeñas humillaciones. Beatriz corregía su forma de vestir. Jimena le regalaba cremas carísimas con comentarios sobre lo cansada que se veía. Iván se reía cuando sus amigos preguntaban cómo había conseguido comprar una camioneta nueva si llevaba meses sin empleo formal.
—La administración se me da bien —respondía él, poniendo una mano sobre la espalda de Valeria.
Valeria callaba.
Callaba