abogado interno del hotel. Llevaba una llave de bronce en una mano y varios documentos en la otra.
—Señora Rivas —dijo al llegar frente a mí—, las instrucciones han sido aplicadas. El acceso a la suite Casa Alta, la azotea privada y los servicios de transporte marítimo queda suspendido. Los demás huéspedes podrán conservar sus habitaciones siempre que presenten un medio de pago individual.
La sonrisa de Tomás desapareció.
Mi padre dio un paso adelante.
—Yo soy accionista de este lugar.
Adriana mantuvo la voz serena.
—Conserva el siete por ciento, señor Rivas. Desde las nueve y doce de esta mañana, la accionista mayoritaria es Marea Sur.
—Eso no le da autoridad a mi hija.
—Ella es la fundadora de Marea Sur y su representante con derecho de voto.
Por primera vez desde que había llegado, nadie tuvo nada que decir.
Mi madre me observó como si yo hubiera cambiado de rostro. Tomás abrió la boca, pero no produjo sonido. Juliana fue la única que pareció comprender de inmediato lo que significaba.
—Daniela es dueña del hotel —susurró.
—Propietaria mayoritaria —aclaró Mauricio—. Y responsable de aprobar cualquier beneficio excepcional cargado a la sociedad.
El abogado colocó sobre el mostrador una autorización por 146 millones de pesos. Incluía once habitaciones, una embarcación privada, flores importadas, músicos, bebidas premium y dos noches en la suite Casa Alta.
Al final del documento aparecía mi nombre.
También mi firma.
La reconocí al instante y, al mismo tiempo, supe que era falsa.
La rúbrica terminaba con un lazo amplio que yo había dejado de utilizar a los veintidós años. Era una copia tomada de algún formulario antiguo, probablemente de los archivos de Navarro Construcciones.
—¿De dónde salió esto? —pregunté.
Mauricio señaló el encabezado.
—Llegó ayer desde una cuenta corporativa de la empresa de su padre. La presenta como directora financiera de Marea Sur y afirma que usted autoriza todos los gastos como inversión promocional.
—Nunca he ocupado ese cargo. Soy la directora ejecutiva.
Mi padre intentó tomar el papel, pero el jefe de seguridad bloqueó el movimiento.
—Daniela ha firmado cientos de autorizaciones familiares —dijo Ernesto—. Puede estar confundida.
—No he firmado nada para ti desde que intentaste usar mi nombre en el informe de los empleados.
—No empieces con eso otra vez.
—Tú empezaste cuando copiaste mi firma.
Mi madre se colocó entre nosotros.
—Basta. Todo esto puede arreglarse en privado. Nadie le roba a su propia hija.
—Una falsificación no deja de serlo porque compartamos apellido.
Tomás señaló el documento.
—Yo no sabía nada de eso. Papá dijo que el hotel nos ofrecía el evento por ser accionistas.
Juliana se volvió hacia él.
—Me aseguraste que tu familia había pagado todo.
—Eso fue lo que me dijeron.
—¿También te dijeron que Daniela pagó el anticipo?
Tomás evitó responder.
Le pedí a Adriana que preservara los correos, los registros de acceso y el documento original. También ordené que ninguna reserva individual fuera cancelada sin consultar primero a los huéspedes. Había tíos, amigos de Juliana y proveedores que probablemente desconocían el engaño. No iba a repetir la crueldad de mi familia con personas inocentes.
—Los invitados que pagaron por su cuenta conservarán sus habitaciones —dije—. Los gastos fraudulentos quedan suspendidos. El personal recibirá el pago correspondiente por todo el trabajo ya realizado.
Mi padre se