sentí rabia con forma definida.
No una tristeza inmensa, no un miedo constante. Rabia. La clase de rabia que ordena piezas dispersas. La clase de rabia que me hizo recordar una sonrisa en el funeral, papeles escondidos, llamadas en la madrugada, la manera desesperada en que Patricia vigilaba el correo.
Pasaron tres meses hasta la audiencia en el juzgado.
Tres meses en los que mis hermanos recuperaron peso, empezaron a reír más y dejaron de despertarse empapados de fiebre. Tres meses en los que yo seguía sobresaltándome con cualquier puerta que se cerrara fuerte. Tres meses en los que Tomás, sin decirlo, se convirtió en la primera figura adulta que me hacía sentir protegida en lugar de administrada.
El día de la audiencia el aire del juzgado olía a polvo y papeles viejos. Bruno y Gael dormían en una carriola doble que Clara había prestado. Yo llevaba un vestido azul sencillo y unos zapatos que me quedaban apenas grandes. Tomás cargaba una carpeta gris, más delgada que antes pero mucho más peligrosa.
Fue ahí donde vi a mi tío sonreír en la puerta.
No era una sonrisa amable. Era la expresión de alguien convencido de que los demás llegan siempre tarde. Patricia estaba a su lado con una biblia pequeña en la mano y el cabello impecable. Parecían dos personas honorables. Ese era su talento más perverso.
Nos sentamos a esperar. Los ventiladores del techo empujaban aire caliente sin enfriarlo. Cada vez que alguien pasaba cerca, yo apretaba el manubrio de la carriola.
Entonces Tomás abrió la carpeta.
Leyó una hoja, luego otra.
Su mandíbula se tensó.
Se inclinó hacia mí y dijo, casi sin mover los labios:
—Tus padres no murieron por accidente.
Todo el ruido de la sala desapareció.
—¿Cómo sabe? —pregunté con la voz seca.
Tomás respiró hondo.
—Porque tu mamá dejó instrucciones muy específicas. Porque el testamento confirma que esperaba una maniobra contra ustedes. Y porque hay una persona que fue nombrada como administradora temporal de todos los bienes hasta que tú cumplieras la mayoría de edad.
Sacó una fotografía vieja y me la mostró.
Salían mis padres, mucho más jóvenes, junto a una mujer que yo no conocía.
—Tu madre la consideraba la única persona en quien podía confiar si algo les ocurría.
En la parte de atrás de la foto se alcanzaba a leer una dedicatoria incompleta: “Para Rebeca, por si algún día necesitan recordar…”
—¿Quién es? —pregunté.
—Verónica Saldívar —respondió—. Y desapareció la misma semana del accidente.
Yo levanté la vista hacia la puerta.
Mi tío había dejado de sonreír.
La audiencia comenzó con formalidades. Tomás pidió la revisión de la custodia provisional, la nulidad de documentos firmados por Esteban y la incorporación del sobre notarial que mi madre había dejado bajo resguardo. Mi tío estalló. Dijo que todo era una infamia, que él nos había recogido por amor, que estaba siendo atacado por hacer lo correcto.
Yo pensé en el calor de la banqueta sobre mis pies.
Pensé en el biberón vacío.
Pensé en Bruno temblando de fiebre mientras Patricia acomodaba carne para una reunión con amigas.
Y comprendí cuánto puede mentir una persona sin cambiar de tono.
Tomás presentó movimientos bancarios posteriores a la muerte de mis padres. Intentos de transferir la titularidad del taller. La desaparición de una caja fuerte.