y una bicicleta rota. A mí me pusieron un colchón delgado en el suelo. A los bebés, una cuna armable que chirriaba cada vez que se movían.
Desde la primera noche entendí la regla principal de esa casa: nosotros debíamos agradecer incluso aquello que nos negaban.
Si Bruno lloraba mucho, Patricia decía que yo lo malacostumbraba.
Si Gael no terminaba el biberón, mi tío decía que la leche estaba demasiado cara como para desperdiciarla.
Si yo preguntaba por alguna medicina o pedía llevarlos al pediatra, siempre había una excusa: mañana, luego, no exageres, no es para tanto.
Pero sí era para tanto.
Los bebés se enfermaban seguido. Tosían, se congestionaban, les subía la fiebre. Más de una vez desperté en la madrugada al notar que Bruno estaba empapado de sudor o que Gael tenía la respiración corta. Yo iba a tocar la puerta del cuarto principal, pero del otro lado solo encontraba fastidio.
—No armes drama —me decía Patricia, medio dormida—. Dales agua.
—Pero son muy chiquitos —respondía yo.
—Entonces deja de hacerlos llorar.
Yo no sabía mucho del mundo, pero sí sabía reconocer el abandono cuando lo tenía enfrente.
Empecé a hacerme cargo de todo lo que podía. Aprendí a lavar mamaderas sin hacer ruido, a doblar pañales de tela cuando se acababan los desechables, a mover la cuna con un pie mientras acomodaba la ropa con las manos. Tenía nueve años y ya conocía el peso de dos bebés dormidos sobre el pecho, la desesperación de contar cucharadas de fórmula y el miedo de escuchar una tos extraña en medio de la noche.
Hubo señales que no entendí entonces.
Una vez me levanté por agua y vi a mi tío revisando una caja llena de papeles de mis padres. Había escrituras, estados de cuenta, copias de identificaciones y una carpeta azul que mi madre siempre guardaba bajo llave. Cuando me vio, cerró todo de golpe.
—Vete a dormir —me ordenó.
Otra madrugada escuché una discusión entre él y Patricia en la cocina.
—Tienes que hacerlo antes de que alguien aparezca —dijo ella.
—No va a aparecer nadie —respondió él—. Ya arreglé eso.
No comprendí de qué hablaban. Pensé en deudas, en abogados, en asuntos de adultos que se quedaban flotando sobre mi cabeza como humo.
Después encontré una hoja rota dentro de un cajón del estudio. Solo pude leer una línea porque alguien había arrancado la mitad inferior: “En caso de fallecimiento simultáneo, la administración temporal…”. Escuché pasos y la devolví al lugar.
Nadie me explicó nunca nada.
Yo solo era la niña que cambiaba pañales y no debía hacer preguntas.
El día de agosto que nos echaron había empezado mal desde temprano. Bruno amaneció irritado, con los ojos enrojecidos y la piel hirviendo. Gael estaba más callado que de costumbre. Los cargué por turnos, les puse paños húmedos y traté de conseguir que tomaran algo. La lata de fórmula estaba casi vacía. Quedaba una sola porción y media.
Lo recuerdo porque la conté tres veces.
También recuerdo el olor de la cocina. Patricia estaba marinando carne para una reunión con vecinos. Había pan dulce en una canasta, fruta cortada, refrescos fríos y una charola con vasos nuevos. Todo listo para recibir invitados. Todo perfectamente calculado.
Menos la necesidad de dos bebés enfermos.
Cuando Bruno empezó a chupar