Mara.
Clara apoyó dos dedos sobre el vidrio.
—Ya no estás en una cripta, mamá —susurró.
Teresa la escuchó y le tomó la mano.
Afuera, la ciudad seguía sonando igual: bocinas, pasos, vendedores, motores. Pero dentro del taller había una calma nueva, una que Clara no conocía. No era la calma de quien olvida, sino la de quien por fin puede mirar su historia sin agachar la cabeza.
Esa tarde, antes de cerrar, una de las becarias le preguntó a Clara si el broche valía mucho dinero.
Clara miró el laurel azul, la foto de su madre y el banco de trabajo donde empezaría a enseñar al día siguiente.
—Sí —respondió—. Pero no por las piedras.
Luego apagó la luz de la vitrina, dejó encendida la del taller y salió con su abuela a la calle. Por primera vez, el apellido Salcedo no la aplastaba desde arriba. Quedaba atrás, ordenado en documentos, cartas y vitrinas. El apellido Medina, en cambio, caminaba con ella, limpio, vivo, pronunciado sin miedo.