abrió la puerta principal. Una mujer pequeña, de cabello blanco y abrigo gris, entró apoyada en un bastón de madera. Su respiración era agitada, como si hubiera subido las escaleras demasiado rápido.
—Clara —llamó.
La joven se volvió.
—Abuela.
Teresa Medina llevaba una carpeta amarilla contra el pecho. Había sido avisada por una compañera de Clara, que la llamó apenas vio la caída. Nadie en la sala sabía quién era, pero todos entendieron que traía algo más pesado que una visita.
Teresa miró a don Octavio y su rostro se endureció.
—Usted sigue vivo.
El anciano bajó la cabeza.
—Teresa.
—No pronuncie mi nombre como si tuviéramos una historia amable.
Clara nunca había escuchado a su abuela hablar así. Teresa, que pedía disculpas cuando el panadero le daba mal el cambio, estaba de pie en Casa Salcedo con los ojos encendidos.
—Abuela, ¿lo conoces?
—Conocí este lugar cuando tu madre salía llorando por esa puerta —dijo Teresa—. Conocí a los hombres que le dijeron ladrona. Conocí a la mujer que juró haberla visto con un estuche que nunca tocó.
Renata alzó el mentón.
—¿Está acusando a mi madre?
Teresa la miró con tristeza, no con odio.
—Estoy diciendo lo que debí decir hace veintiséis años.
Abrió la carpeta. Dentro había una copia amarillenta de un acta civil, una carta sin sobre y una pulsera de hospital vieja, plastificada para que no se deshiciera. Clara reconoció su propio nombre escrito con tinta azul: Clara Mara Medina.
—Tu madre se casó con Sebastián Salcedo —dijo Teresa—. Legalmente. No fue un capricho ni una aventura. Él quiso reconocerte antes de que nacieras, pero murió. Después de su muerte, Beatriz vino a nuestra casa.
Don Octavio levantó la mirada.
—¿Beatriz fue a verlas?
Teresa asintió.
—Con un abogado y dos hombres. Dijo que si Mara insistía en hablar, la denunciarían por el robo de los rubíes. Dijo que una costurera embarazada no podía pelear contra un apellido como Salcedo. Mara firmó su renuncia al taller para proteger a su hija.
Clara sintió ganas de sentarse, pero no lo hizo. No iba a caer otra vez.
León regresó de la oficina de seguridad con una tableta en la mano. Su rostro estaba pálido.
—Tenemos el video.
La sala se acercó sin moverse. León colocó la tableta sobre el mostrador. En la grabación, Renata aparecía junto al cajón de Clara mientras la joven estaba en la bodega buscando papel de seda. Renata abría el bolso, sacaba el prendedor y lo dejaba bajo unas etiquetas. Luego cerraba el cajón y se alejaba. Minutos después, volvía gritando.
No hubo gritos cuando terminó el video. Solo un silencio más brutal que cualquier escándalo.
Renata respiró hondo.
—Eso no prueba robo. El prendedor era mío.
—Prueba que mentiste —dijo Clara.
—Lo puse ahí para ver si ella lo tomaba.
—Lo pusiste ahí para acusarla.
Don Octavio miró a Renata.
—¿Qué había en el relicario de Beatriz?
Renata cerró la boca.
León señaló el bolso.
—Señora Izquierdo, entréguelo.
—No.
Un guardia dio un paso, pero Clara levantó la mano.
—No la toquen. Que lo haga ella.
Renata la miró con desprecio.
—¿Ahora das órdenes?
—No. Ahora dejo de pedir permiso para defenderme.
Algo en esa frase quebró la fachada de Renata. Tal vez entendió que Clara ya no era la empleada