Renata lo soltó con una seguridad exagerada, como quien entrega una carta sabiendo que no puede incriminarla. Pero sus ojos, por un instante, se fueron hacia la puerta lateral.
León examinó el broche bajo una lámpara de tasación. Sus dedos buscaron el borde oculto. Al principio no ocurrió nada. Renata cruzó los brazos. Clara escuchó que alguien murmuraba que era una vergüenza contratar gente sin referencias.
Entonces sonó el clic.
Una pequeña tapa se abrió en la parte trasera del laurel.
León dejó de respirar. Inclinó el prendedor hacia la luz y leyó la placa diminuta que había dentro.
—Mara. Mil novecientos noventa y nueve. S.S.
Clara sintió que algo le golpeaba el pecho desde adentro.
Mara.
Su madre se había llamado así.
Antes de que pudiera decir nada, una puerta de madera se abrió al fondo de la sala. Don Octavio Salcedo, fundador de la casa, apareció apoyado en un bastón negro. Tenía ochenta y tres años y una fama construida durante medio siglo sobre una idea sencilla: las joyas guardan memoria, y quien las vende debe respetarla.
Pero al ver el prendedor, don Octavio no pareció un experto. Pareció un padre frente a una tumba abierta.
—Ese broche no era para una subasta —dijo con voz quebrada.
Renata palideció.
—Don Octavio…
—Yo mandé hacer ese laurel para la primera esposa de mi hijo Sebastián.
La sala quedó muda.
Clara apretó la foto que llevaba siempre en el bolsillo de su uniforme, aunque todavía no la sacó. Era una imagen gastada de su madre joven, tomada en un taller. Su abuela Teresa le había dicho muchas veces que Mara había trabajado con metales, que tenía manos finas, que podía arreglar un cierre roto sin mirar. Pero cada vez que Clara preguntaba por el padre que nunca conoció, Teresa cambiaba de tema.
Renata miró el broche como si acabara de traicionarla.
—Eso no puede ser —susurró—. Ese prendedor estaba en el relicario de mi madre. Lo sacamos de su cripta hace dos semanas.
Don Octavio cerró los ojos.
—¿Beatriz lo tenía?
El nombre cayó sobre la sala como polvo de una habitación cerrada.
Renata levantó la barbilla, pero le temblaban los labios.
—Mi madre no robaba.
—Mara tampoco —dijo Clara.
No supo por qué lo dijo. Tal vez porque escuchó el nombre de su madre en boca de desconocidos. Tal vez porque vio una sombra de culpa en los ojos del anciano. Tal vez porque Renata la había tirado al piso y todavía esperaba que se quedara ahí.
Don Octavio la miró por primera vez con verdadera atención.
—¿Cómo sabes eso?
Clara sacó la fotografía del bolsillo. La desdobló con cuidado. El papel estaba blando de tanto acompañarla en bolsos, cajones y mudanzas. En la imagen, Mara Medina sonreía junto a una mesa de orfebrería. Sobre su blusa blanca brillaba un broche con forma de laurel.
León se acercó. Don Octavio extendió la mano, pero no se atrevió a tocarla hasta que Clara asintió.
El anciano miró la foto. Su rostro se descompuso despacio.
—Mara Medina —murmuró—. Entonces… tú eres hija de Mara.
Renata retrocedió medio paso.
—Esto es absurdo. Esa empleada vio el nombre en la placa y preparó la foto.
—La foto está doblada desde hace años —dijo León.
—Usted no es perito en papel.
—No —respondió Clara—,