ser visto como un hombre admirable.
—Solo hacemos lo que podemos.
Renata sostuvo la sonrisa el tiempo necesario.
Nora siguió hablando de donaciones, de prensa, de la importancia de dar esperanza.
Renata dejó que su voz se volviera ruido de fondo.
Su atención se fue hacia los ventanales altos, al reflejo de los candelabros, a los camareros que entraban y salían como si fueran parte del mobiliario.
Entonces vio al niño.
Al principio creyó que era un error de la vista.
Una silueta ajena al cuadro.
Pero no.
Venía desde el fondo, cerca del corredor de servicio.
Tendría once o doce años, quizá menos, delgado, con la camisa beige deslavada, un pantalón oscuro con el ruedo irregular y los pies descalzos marcando pequeñas huellas húmedas sobre el mármol reluciente.
No pertenecía a ese lugar.
Y él lo sabía.
Se notaba en la tensión de los hombros, en la forma en que apretaba la mandíbula para no retroceder, en el puño cerrado de su mano derecha.
Pero también se notaba otra cosa: una decisión tan firme que ni la vergüenza ni el miedo lograban doblarla.
Los primeros en verlo fueron dos mujeres cerca de la pista.
—¿De quién es ese niño?
—Dios mío, ¿cómo entró?
Los murmullos se propagaron como una llama discreta, elegante, venenosa.
Un mesero se volvió.
Luego otro.
La música siguió apenas unos segundos más antes de volverse incierta.
Gaspar también lo vio.
Renata sintió cómo se tensaba a su lado.
—Quédate aquí —murmuró él.
Como si ella tuviera otra intención que no fuera quedarse donde estaba.
Gaspar dio un paso al frente, pero el niño ya había avanzado demasiado.
Caminó recto entre los invitados, sin mirar las mesas, sin detenerse ante la presión de tantas caras hostiles.
Pasó junto a un arreglo floral que le rozó el hombro.
Esquivó a un camarero con una precisión torpe.
Y siguió.
Hacia Renata.
Ella lo observó acercarse con una mezcla de desconcierto y algo que no quiso nombrar todavía.
El niño se detuvo frente a su silla.
Tenía el cabello negro pegado a la frente por el sudor.
Los ojos inmensos.
La respiración rápida.
Olía a lluvia, a calle, a esfuerzo.
—Déjeme bailar con ella —dijo.
El silencio cayó de golpe sobre el salón.
Fue un silencio físico.
Denso.
Asombrado.
Gaspar se interpuso entre ambos.
—Te equivocaste de lugar, niño.
La voz del hombre era baja, pero estaba llena de un filo que los cercanos reconocieron enseguida.
El niño levantó la barbilla.
—No me equivoqué.
—Seguridad —ordenó Gaspar sin alzar el tono.
Dos hombres empezaron a abrirse paso.
—Espere —dijo Renata.
No supo por qué lo dijo.
Tal vez porque la escena era absurda y en esa noche insoportablemente predecible lo absurdo tenía el brillo de lo vivo.
Tal vez porque el niño no la estaba mirando con compasión.
Ni con admiración.
Ni con miedo.
La estaba mirando como se mira a alguien que todavía puede decidir.
Gaspar giró hacia ella.
—Renata, esto no es…
—Quiero oírlo.
El niño tragó saliva.
—No vine a molestar.
Vine porque él me dijo que si algún día la veía de cerca, tenía que acercarme aunque me sacaran a empujones.
—¿Él quién? —preguntó Renata.
Gaspar cortó antes de que respondiera.
—No tienes por qué seguirle el juego.
Pero el niño ya estaba metiendo la