Antes de que pudiera hacerlo, un golpe sonó dentro del taller.
Luego otro, acompañado por un gemido.
El policía miró a Mauro.
—Abra el candado.
—No tengo la llave.
—¿Es su propiedad y no tiene la llave?
—Mi esposa cambió el candado.
Celeste dio un paso hacia el portón. La bolsa se le resbaló. Al caer, el cierre se abrió y varios objetos rodaron sobre el piso mojado: un frasco de sedantes, el teléfono de Inés, una lámpara circular, cinta plástica y varias hojas impresas.
Mauro corrió.
Uno de los agentes lo alcanzó antes de que llegara a la calle. El otro tomó una herramienta de la patrulla y rompió el candado.
La puerta del taller se abrió con dificultad porque una mesa había sido empujada contra ella desde afuera.
El olor a humedad, arcilla y encierro golpeó a Marta.
Inés estaba detrás de una estantería, tendida sobre un colchón. Tenía las muñecas sujetas delante del cuerpo y uno de los tobillos asegurado a una tubería. Su rostro estaba pálido y el sensor de glucosa había sido arrancado parcialmente de su brazo.
Frente a una pared blanca habían colocado una silla, una cámara y una hoja con un texto escrito en letras grandes.
Marta se arrodilló junto a su hija.
—Inés, abre los ojos. Soy mamá.
Los párpados de Inés se movieron.
—Sabía que escucharías —murmuró.
Marta comprobó su respiración y su pulso. Le pidió a un agente gel de glucosa del botiquín y administró una pequeña cantidad cuando Inés logró obedecer instrucciones. No permitió que le dieran agua de golpe ni que la levantaran antes de la llegada de los paramédicos.
Durante aquellos minutos volvió a ser la profesional serena que había entrado en cientos de habitaciones caóticas. Solo sus manos, cuando quedaban fuera de la vista de Inés, revelaban el miedo.
—No dejen ir a Celeste —susurró su hija—. Tiene el video.
Dentro de la bolsa encontraron una grabación incompleta. Inés aparecía sentada frente a la pared, repitiendo con voz temblorosa que había desviado dinero de la Fundación Albor y que huía para evitar una investigación.
En las hojas impresas se declaraba responsable de más de cuatro millones de pesos desaparecidos.
—Querían que firmara —dijo Inés—. Querían mi contraseña y mi firma.
Mauro, esposado junto al portón, comenzó a gritar que Inés era inestable y que todo había sido un intento de protegerla de sí misma.
Celeste respondió que los medicamentos habían sido idea de él.
En menos de un minuto, los dos comenzaron a acusarse mutuamente.
La ambulancia trasladó a Inés al hospital. Marta viajó a su lado, sosteniéndole la mano mientras un paramédico estabilizaba sus niveles de glucosa y le administraba líquidos.
Cuando Inés pudo hablar con mayor claridad, contó lo ocurrido.
Trabajaba como coordinadora financiera de la Fundación Albor, una institución que financiaba casas refugio para mujeres que escapaban de situaciones violentas. Tres semanas antes había encontrado facturas duplicadas por reparaciones que nunca se realizaron. Varias empresas proveedoras compartían cuentas bancarias y domicilios.
Una de ellas pertenecía a Celeste.
Otra había sido creada por un antiguo socio de Mauro.
Los pagos habían sido autorizados por Esteban Luján, director de la fundación y figura habitual en campañas públicas, cenas benéficas y fotografías con funcionarios.
Inés reunió copias de los contratos y confrontó a Mauro en casa.