No entendí del todo en ese momento. Daniel sí.
Cerró los ojos apenas, como quien oye un cerrojo.
Lo sacaron del lobby sin dejarlo subir. Salomé se fue por otra puerta, sola, todavía con el vestido de la falsa boda y el bouquet deshecho en una mano. El auxiliar de notaría abandonó la carpeta en recepción y desapareció tan rápido que casi pareció agradecer que alguien le hubiera revelado el tipo de servicio que estaba prestando.
Yo me quedé en el apartamento, de pie en medio del comedor, con el teléfono caliente en la mano y el amanecer entrando a cuchilladas por la ventana.
A las 7:12, cuando por fin me serví el primer café de la mañana, sonó un número desconocido.
Era Salomé.
Su voz ya no tenía brillo, solo cansancio y vergüenza.
—Sé que no debería llamarte —dijo—, pero creo que él me usó a mí también. Estoy en una cafetería frente al hospital Punta Pacífica. Tengo la USB y el otro teléfono de Daniel. Se le quedó en mi bolso. Hay cosas que tienes que ver.
Mateo me prohibió ir sola, así que veinte minutos después bajé acompañada por él. Salomé estaba sentada al fondo del local, con una chaqueta prestada encima del vestido arrugado, el pelo recogido a toda prisa y la cara lavada de golpe. Sin la puesta en escena de la madrugada parecía incluso más joven. No la vi como rival. La vi como otra persona que había comprado una versión falsa del mismo hombre.
—Pensé que ustedes estaban separados —dijo antes de que yo me sentara—. Daniel me dijo que vivían juntos por un tema patrimonial. Que llevaban meses sin tocarse. Que tú estabas castigándolo porque él quería rehacer su vida.
No le respondí enseguida. La verdad no necesita correr.
—¿Y la boda? —preguntó Mateo.
—Fue una ceremonia en un hotel. Un montaje. Un supuesto maestro de ceremonia, dos amigos de él, fotos, champán. No hubo juez ni registro. Me dijo que los papeles reales se iban a firmar hoy al amanecer, que por eso necesitaba pasar primero por el edificio.
Salomé puso la USB sobre la mesa y luego dejó, con más cuidado, un teléfono negro con la pantalla rota.
—Anoche, cuando él estaba en la playa, recibió varias llamadas y se puso nervioso. Dijo que todo saldría bien si tú bajabas «alterada». Usó esa palabra. Alterada. Después se quedó dormido un rato en la camioneta y este celular se resbaló a mi bolso. Cuando empezó el escándalo en el lobby, vi archivos que no entendí y me lo llevé.
Le pedí el código.
No hizo falta. Lo abrió con su rostro; Daniel era tan confiado que había registrado también el suyo para comodidad. Otra imprudencia.
Encontramos audios, capturas, correos y un chat con dos inversionistas que exigían respaldo antes de las nueve de la mañana. En uno de los mensajes, Daniel escribió: «A las tres le aviso. Cuando se quiebre, firma». En otro: «Si no firma, activamos el token».
Ese fue el segundo golpe.
En la galería del teléfono había pequeños videos grabados a escondidas desde la puerta del estudio de mi apartamento. En uno de ellos aparecía yo, semanas atrás, trabajando desde casa y explicándole por videollamada a un colega de seguridad cómo funcionaba el segundo factor de autenticación de