más fuerte, pero con una sonrisa profesional.
—No conviene moverlo todavía. Está entrando en sueño profundo. Si lo cambia de brazos, puede despertar y llorar otra vez.
Bola se detuvo.
El miedo al llanto fue más fuerte que su instinto de posesión.
—Entonces quédese con él un rato más.
—En realidad —dijo Bisi—, si quiere que esto funcione, debo alimentarlo varias veces. Su cuerpo ya aceptó mi leche. Tal vez necesite que me quede esta noche.
Bola la miró.
—¿Toda la noche?
—Sí. Así podré darle de comer cada vez que despierte. Mañana estará más tranquilo.
Bola pensó unos segundos. Estaba cansada. Tenía ojeras profundas y un terror evidente de volver a escuchar al bebé gritar por horas.
—Está bien —dijo al fin—. Quédese. Le pagaré extra.
Bisi inclinó la cabeza.
—Como usted diga.
Pero dentro de ella, una voz repetía otra cosa.
Esta noche no vine por dinero.
Vine por mi hijo.
Más tarde, Bola le mostró una pequeña habitación donde podía descansar. Pero Bisi no quería separarse del bebé. Dijo que era mejor quedarse en la sala para observarlo. Bola aceptó. Después de tantas horas sin dormir, se recostó en el sofá y cayó en un sueño pesado.
La casa quedó en silencio.
Por primera vez desde que entró, Bisi pudo mirar a su hijo sin fingir.
Le acarició la frente. Le besó los dedos. Le contó en susurros que su padre lo amaba, que su hogar lo esperaba, que nadie volvería a venderlo ni a esconderlo. Lloró sin hacer ruido, dejando que las lágrimas cayeran sobre la manta azul.
Luego escribió a Mike.
—Es nuestro bebé. Estoy segura. Bola confesó cosas. Tengo grabación. Quiere que me quede esta noche.
La respuesta llegó enseguida.
—No te muevas sola. Necesitamos pensar. Mantén el teléfono cerca. Trata de conseguir más pruebas sobre Titi.
Bisi miró hacia Bola, que dormía profundamente.
Pensó en salir corriendo con el niño en ese momento. La puerta no estaba lejos. Podía hacerlo. Podía tomar al bebé, abrir con cuidado y desaparecer antes de que Bola despertara.
Pero luego imaginó a Bola llamando a la policía. Imaginó a Titi negándolo todo. Imaginó a oficiales confundidos preguntando por documentos, por pruebas, por registros hospitalarios manipulados.
No.
Tenían que destruir la mentira desde la raíz.
Tenían que atrapar a la enfermera.
La madrugada avanzó lentamente. El bebé despertó dos veces y Bisi lo alimentó. En ambas ocasiones, él volvió a dormirse tranquilo. La casa, que antes estaba llena de llanto, parecía por fin respirar.
A las tres de la mañana, un sonido rompió el silencio.
El teléfono de Bola empezó a vibrar sobre la mesa.
Bisi miró la pantalla.
El nombre que apareció la dejó helada.
Enfermera Titi.
El corazón de Bisi se aceleró.
Bola se movió en el sofá, abrió los ojos con dificultad y tomó el teléfono.
—¿Hola? —contestó con voz dormida.
La expresión de Bola cambió en segundos.
Primero fue confusión.
Luego miedo.
Después, sus ojos se clavaron en Bisi.
La voz de Titi se escuchaba desde el otro lado, dura y alarmada.
—¿Quién es esa mujer que está en tu casa? Yo no te envié a nadie.
Bola se levantó lentamente.
Bisi sintió que la sangre se le congelaba, pero no soltó al bebé.
El silencio en la sala se volvió pesado.
Bola bajó