Ese dolor la ayudó a recordar.
Debía fingir.
—Déjemelo —dijo con voz baja.
Bola le entregó al bebé sin imaginar que estaba colocando al niño en los brazos de su verdadera madre.
En cuanto Bisi lo tocó, el llanto cambió.
Primero bajó de intensidad. Luego se volvió un gemido débil. Después, el bebé abrió un poco los ojos y movió la cabeza hacia ella, buscando. Bisi lo acercó a su pecho, y él se prendió con una rapidez que hizo que Bola soltara un grito de alivio.
—¡Dios mío! —dijo Bola—. Por fin. Por fin se calmó.
Bisi no pudo hablar.
Si abría la boca, lloraría.
Así que bajó la mirada y dejó que el niño se alimentara. Sintió su calor. Su respiración. Sus dedos pequeñitos tocando su piel. Era la primera vez que podía sostenerlo desde que nació, y aun así sentía que lo conocía desde siempre.
Porque lo conocía.
Lo había llevado dentro.
Lo había soñado.
Lo había amado antes de verle la cara.
Bola se sentó frente a ella, agotada pero feliz.
—Usted no sabe lo que he pasado —empezó a decir—. Ese niño me estaba volviendo loca. No quería comer. No quería dormir. Yo pensé que se iba a enfermar.
Bisi levantó la mirada.
—Algunos bebés no se adaptan fácilmente cuando están lejos de su madre —dijo.
La frase cayó en la sala como una piedra.
Bola se quedó en silencio por un momento. Sus ojos se movieron hacia un lado, evitando los de Bisi.
—Sí, bueno… la enfermera dijo que eso podía pasar —murmuró.
Bisi vio la grieta y decidió presionar con cuidado.
—¿Desde cuándo está con usted?
Bola dudó.
—Desde hace poco.
—¿Y la madre?
La pregunta pareció incomodarla.
—No sé mucho de eso. Titi se encargó de todo. Ella dijo que no habría problemas.
Bisi sintió que el corazón se le endurecía.
—Entonces usted confió en ella.
—Claro. Yo pagué mucho dinero. No podía arriesgarme a que algo saliera mal.
Bisi mantuvo el rostro sereno, pero por dentro temblaba. Bola hablaba con una mezcla de miedo y orgullo, como si comprar un bebé fuera una transacción complicada pero justificable.
Sin mover demasiado el cuerpo, Bisi activó la grabadora del teléfono dentro de su bolso.
Necesitaba más.
Necesitaba que Bola hablara.
—Debe haber sido una situación difícil para usted —dijo Bisi con suavidad—. Muchas mujeres sufren por no poder tener hijos.
Bola suspiró. Aquella frase abrió una puerta en ella.
—Usted no entiende. Mi esposo esperaba ese bebé. Mi familia esperaba ese bebé. Todos pensaban que yo estaba embarazada. Perdí el embarazo, pero no podía decirlo. Ya había perdido otros. Mi suegra me habría destruido. Mi esposo quizá habría buscado otra mujer. Yo necesitaba un bebé.
Bisi sintió ganas de decirle que necesitar no era lo mismo que robar.
Pero calló.
Bola continuó.
—Titi me dijo que podía ayudarme. Al principio me dio miedo, pero después pensé que quizá era una oportunidad. Ella me aseguró que la madre no sabría nada. Dijo que en el hospital podían arreglarlo.
La grabación seguía.
Bisi miró al bebé, que ya empezaba a dormirse.
Cada palabra de Bola era una prueba.
Cada confesión acercaba el momento de la justicia.
Cuando el niño terminó de alimentarse, Bola se acercó para cargarlo.
—Déjeme acostarlo —dijo.
Bisi lo sostuvo un poco