moviera lentamente.
No iba a permitir que otra mujer durmiera tranquila con su bebé en brazos.
Cuando estuvo lista, Mike la llevó hasta un cruce donde podía tomar un taxi. No querían que Bola viera el auto de Mike cerca de su casa. Todo debía parecer natural. Todo debía parecer parte del plan de la supuesta enfermera Titi.
Antes de que Bisi bajara del auto, Mike la tomó de la mano.
—Por favor, no te dejes llevar por la rabia —le dijo—. Sé que quieres gritar. Yo también quiero hacerlo. Pero si la enfrentas sin pruebas, ella puede llamar a la policía y decir que intentaste robarle el bebé. Tenemos que ser más inteligentes que ellos.
Bisi lo miró con lágrimas en los ojos.
—No saldré de esa casa sin nuestro hijo —dijo.
—Saldrás —respondió Mike—, pero viva, segura y con pruebas.
Ella asintió.
Luego se bajó del auto y subió a un taxi.
Durante el trayecto, Bisi sintió que cada calle era más larga que la anterior. Miraba por la ventana, pero no veía los edificios ni las personas. Solo imaginaba a su bebé llorando en brazos de Bola. Imaginaba sus manitos buscando un olor conocido. Imaginaba su boquita rechazando una leche que no le pertenecía.
Sacó el teléfono y llamó a Bola.
—Buenas tardes, señora —dijo—. Soy la mujer que va a alimentar a su bebé. La enfermera Titi me dio su número. Me dijo que el niño ha estado llorando mucho. Voy camino a su casa. Envíeme la dirección y llegaré enseguida.
Bola respondió con una ansiedad que casi parecía gratitud.
—Por favor, venga rápido. Ya no sé qué hacer. El niño no se calma.
Minutos después, la dirección llegó por mensaje.
Bisi se la mostró al taxista.
El auto avanzó.
Y con cada metro, el corazón de Bisi golpeaba más fuerte.
Cuando el taxi se detuvo frente a la casa, Bisi se quedó unos segundos mirando la puerta. Era una casa bonita, con portón limpio, cortinas elegantes y flores bien cuidadas. Desde afuera, nadie habría imaginado que dentro de ese lugar había un crimen envuelto en mantas de bebé.
Bisi pagó, bajó y tocó.
Bola abrió casi de inmediato.
Tenía el cabello desordenado, los ojos cansados y la ropa arrugada. Parecía una mujer al borde del colapso. Pero Bisi no sintió lástima. No podía. No por alguien que había convertido el sufrimiento de otra madre en una solución para su propia mentira.
—Gracias por venir —dijo Bola, apartándose para dejarla entrar—. Por favor, pase rápido. El bebé está llorando desde hace horas.
Bisi entró.
Y entonces lo escuchó.
El llanto.
No necesitó verlo para saberlo. Algo dentro de su pecho respondió a ese sonido. Era como si su cuerpo reconociera la voz del niño antes que sus ojos. Caminó hacia la sala y allí estaba él, envuelto en una manta azul, con el rostro rojo de tanto llorar.
Su bebé.
Bisi sintió que el mundo se inclinaba.
Durante un instante, olvidó el plan. Olvidó a Mike. Olvidó el peligro. Solo quiso correr hacia el niño y gritar que era suyo. Quiso mirar a Bola a la cara y decirle que ninguna cantidad de dinero podía comprar la sangre de otra mujer.
Pero se contuvo.
Apretó las uñas contra la palma de su mano hasta sentir dolor.