La Vio Embarazada y Su Mentira Se Rompió Frente a Todos

Claudia Medina entró al Hotel Imperial con seis meses de embarazo y Diego Santoro dejó caer la copa antes de que alguien pronunciara su nombre.

El sonido del cristal contra el mármol cortó la música por una fracción de segundo.

Luego la orquesta siguió tocando, educada y fría, como si un escándalo pudiera cubrirse con violines.

El champán se extendió alrededor de los zapatos de Diego en un charco dorado.

Renata Solís, la modelo que colgaba de su brazo desde hacía meses, soltó una risa nerviosa que murió apenas vio hacia dónde miraba él.

Al fondo del salón, bajo una lámpara de cristal, Claudia estaba de pie.

No parecía destruida.

No parecía perdida.

No parecía la mujer que las revistas habían llamado discreta, opaca, superada por la nueva vida de su esposo.

Llevaba un vestido azul noche, sencillo y elegante, que caía sobre la curva firme de su vientre.

Tenía una mano apoyada sobre el embarazo y la otra sujetaba una carpeta de piel color vino.

A su lado, sin invadirla, estaba Julián Alcázar.

Eso terminó de desordenar la expresión de Diego.

Julián era un multimillonario de voz baja y fortuna antigua, dueño de hoteles, puertos y medio mapa de inversiones que los periódicos financieros fingían entender.

No iba a fiestas por vanidad.

No daba entrevistas.

No sonreía para portadas.

Si estaba allí, junto a Claudia, era porque quería estar.

Y Claudia, por primera vez desde el divorcio, parecía tranquila.

Diego sintió algo parecido a la rabia antes que a la culpa.

La rabia era más fácil.

La culpa exigía memoria.

Y él tenía demasiadas cosas que recordar.

Recordó el departamento pequeño donde Claudia acomodaba facturas sobre la mesa de la cocina mientras él repetía discursos para inversionistas que ni siquiera le devolvían las llamadas.

Recordó las madrugadas en que ella corregía sus presentaciones, le cambiaba frases duras por ideas humanas, le enseñaba a mirar a un cliente como persona y no como obstáculo.

Recordó la primera vez que un fondo creyó en Santoro Nova, no porque él fuera brillante, sino porque Claudia había rehecho toda la propuesta después de encontrar un error en sus números.

Recordó también la tarde en que decidió que esa historia ya no le convenía.

Había sido seis meses atrás, en el penthouse nuevo.

Claudia tenía las manos frías.

Él vestía un traje gris, demasiado caro para una conversación tan pobre.

Sobre la mesa había un sobre con el acuerdo de divorcio y una frase ensayada que Diego dijo sin mirarla del todo.

—Crecimos en direcciones distintas.

Claudia no lloró enseguida.

Eso le molestó.

Él esperaba una escena que justificara su cansancio, un reproche que lo hiciera sentirse víctima.

Pero ella se quedó sentada, con la mirada fija en la carpeta.

—¿Direcciones distintas o personas distintas? —preguntó.

Diego suspiró, como si ella hubiera sido injusta.

—No hagas esto difícil.

Detrás de esa frase venía Renata, aunque él todavía no se atrevía a decir su nombre.

Renata con sus fotos en yates, su juventud impecable, su manera de mirarlo como si él ya hubiera nacido poderoso.

Con ella, Diego no tenía que recordar las deudas ni el arroz recalentado ni el café barato.

Con ella, su éxito parecía inevitable.

A Claudia le ofreció dinero.

Mucho, según él.

Poco, según la verdad.

La quería fuera de la

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