Mateo Ibarra volvió a la casa donde juró no poner un pie jamás y se quedó inmóvil al ver una luz encendida en la habitación de su madre.
Durante treinta y ocho años, había pagado impuestos, bardas, candados y vigilancia para que nadie entrara a ese lugar. No porque valiera dinero. No porque pensara venderlo algún día. Lo conservaba cerrado por una razón más oscura: era el único espacio en el mundo donde su fortuna no servía de nada.
Esa casa vieja, en una calle húmeda de la colonia Santa Julia, en Guadalajara, era el sitio donde el dueño de hoteles, viñedos y torres de departamentos volvía a convertirse en un niño flaco, callado, con los zapatos rotos y miedo de respirar demasiado fuerte.
No había planeado regresar.
Aquella tarde una junta se canceló por la lluvia. Su chofer tomó una avenida equivocada para evitar un accidente. Mateo levantó la vista del teléfono y reconoció, primero, la tienda de azulejos cerrada desde hacía años; después, la iglesia con la campana oxidada; por último, la esquina donde vendían pan dulce cuando su madre todavía sonreía.
—Siga derecho —ordenó sin pensar.
El chofer lo miró por el retrovisor.
—¿Seguro, señor?
Mateo no respondió. Miraba la calle como si estuviera entrando en un sueño. Los edificios nuevos habían invadido el barrio, pero algunas casas resistían con sus fachadas partidas y sus ventanas cubiertas de polvo. La suya apareció al final de la cuadra, detrás de una bugambilia seca que trepaba por los muros como una mano vieja.
—Aquí —dijo.
El auto se detuvo. El motor siguió encendido unos segundos. Afuera, la lluvia golpeaba el parabrisas con una paciencia cruel.
Mateo no se movió.
Había comprado edificios completos con una firma. Había despedido a presidentes de empresas sin que le temblara la voz. Había visto a hombres poderosos cambiar de tono cuando él entraba a una sala. Pero frente a esa puerta de madera hinchada por la humedad, sintió que todo el aire de su pecho se iba.
—Déjeme solo.
—Señor, esta zona no está muy…
—Solo, Julián.
El chofer bajó la mirada y apagó el motor. Mateo salió con el abrigo oscuro pegándosele a los hombros. El olor de tierra mojada lo golpeó con una fuerza absurda. Cruzó el jardín abandonado, donde alguna vez su madre sembró hierbabuena en latas de leche. El portón oxidado estaba cerrado, pero la cadena colgaba partida.
Mateo se agachó.
El corte era limpio.
Reciente.
Sintió un frío lento detrás de las costillas. Él mismo había mandado cambiar esa cadena seis meses antes, después de que el administrador le enviara fotos de grafitis en la pared exterior. Nadie tenía llave. Nadie tenía permiso. Nadie tenía motivo.
Empujó el portón.
El chirrido lo atravesó como una aguja. Era el mismo sonido de su infancia, el anuncio de que su padre había llegado a casa y todos debían callarse.
La puerta principal no estaba forzada.
Estaba abierta.
Mateo la tocó con dos dedos. La madera cedió. Adentro, la penumbra tenía la densidad de un cuarto cerrado por años, pero no olía a abandono. No olía a polvo muerto ni a ratones. Olía a sopa de verduras. A jabón barato. A ropa secándose cerca de una ventana.
A vida escondida.
El vestíbulo seguía igual y distinto. El espejo de la entrada