estaba calculando nada. No veía metros. No veía paredes. No veía herencias. Veía una taza, una ventana, una madre enfrente de él y la posibilidad frágil de no perderla del todo.
No lo perdoné de golpe. El perdón verdadero no funciona como un interruptor. Pero aquella tarde comprendí que las puertas pueden cerrarse para salvar una vida y abrirse, mucho después, para empezar otra conversación.
Afuerita, en el balcón, la jacaranda nueva se movía apenas con el viento del agua.