la voz de Valeria, clara, ligeramente ebria, pero firme.
—Julián, solo asegúrate de que Clara firme antes del viernes. Después de eso, que llore lo que quiera. Tú y yo ya tendremos la empresa.
Julián cerró los ojos.
No fue dolor.
Fue cálculo interrumpido.
Una segunda voz apareció en la grabación. Masculina, desconocida.
—¿Y si Julián se arrepiente?
Valeria se rio.
—No puede. Tengo copias de todo. Él cree que me está usando, pero cuando Clara firme, los dos van a quedarse sin nada.
El audio terminó.
Durante unos segundos nadie habló.
Julián miró el celular como si la traición hubiera tenido la indecencia de cambiar de dirección. En su cara no vi arrepentimiento por haberme engañado. Vi miedo por haber elegido mal a su cómplice.
—Clara… —susurró.
Esa vez no sonó como una disculpa.
Sonó como alguien pidiendo refugio en la casa que acababa de incendiar.
Antes de que pudiera contestar, mi teléfono vibró otra vez. Era un mensaje de un número desconocido. Solo tenía una foto: Valeria entrando al vestíbulo de nuestro edificio, con un abrigo negro y un folder rojo pegado al pecho.
Debajo, una frase:
“Si quieres recuperar lo tuyo, baja sola.”
Julián leyó por encima de mi hombro y palideció.
—No bajes.
—¿Ahora te preocupa mi seguridad?
—No sabes de lo que es capaz.
Lo miré con calma.
—Sí sé. Aprendió de ti.
Esteban guardó la carpeta con cuidado.
—Clara, no deberías ir sola.
—No voy sola.
Tomé mi abrigo de la silla. No bajé por las escaleras principales, sino por el elevador de servicio. Esteban vino conmigo. Julián intentó acompañarnos, pero lo detuve antes de la puerta.
—Tú te quedas aquí.
—Clara, por favor.
—No. Si Valeria quiere hablar, hablará conmigo. Tú ya hablaste demasiado sin decir nada.
El elevador descendió lento, iluminado por una luz blanca que hacía ver a todos más cansados. Esteban sostenía el folder contra el pecho. Yo sentía el pulso en las muñecas, pero no tenía miedo como antes. Había una furia fría ocupando el lugar donde hasta esa tarde vivía la tristeza.
En el vestíbulo, el guardia fingía no mirar. Valeria estaba junto a los ventanales, con el cabello húmedo por la lluvia y una seguridad casi ofensiva. Era más joven que yo, pero no por mucho. Hermosa, sí, aunque no de una forma suave. Tenía esa belleza entrenada para entrar a una habitación como si ya hubiera ganado.
Al verme, sonrió.
—Clara Andrade.
—Todavía.
Su sonrisa se afiló.
—Vengo a proponerte una salida limpia.
—Qué generosa.
Valeria miró a Esteban con desagrado.
—Dije sola.
—Y yo decidí no obedecerte.
La lluvia golpeaba el vidrio detrás de ella. Las luces de los coches pasaban como manchas rojas y blancas. El vestíbulo, con sus mármoles pulidos y flores caras, parecía un escenario demasiado elegante para una amenaza.
Valeria levantó el folder rojo.
—Tengo pruebas de que Julián desvió dinero. Firmas, correos, autorizaciones. Si esto llega a fiscalía, tu empresa se hunde con él. Clientes, bancos, inversionistas. Todo.
—¿Y tú viniste a salvarme?
—Vine a darte una opción. Firma la cesión, entrega tu parte y yo mantengo los documentos fuera del alcance de todos. Tú te divorcias, te quedas con tu departamento y una compensación razonable. Julián desaparece del negocio. Yo me quedo con la estructura. Nadie va a prisión.