Volvió a su funeral y destrozó al hombre que quiso matarla

esa no existe. No la vida intacta, porque el daño deja marcas. La cicatriz en mi mejilla sigue allí, fina y blanca, recordándome el borde exacto donde terminé de perder la inocencia.

Pero también es otra cosa.

Es la prueba visible de que caí.

Y aun así regresé.

Volví a caminar entre quienes ya me habían llorado. Miré a los ojos al hombre que quiso vender mi ausencia. Abrí la puerta que otros cerraron antes de que pudiera hacer preguntas. Recuperé mi nombre, mi historia y la herencia que intentaron convertir en mi tumba.

A veces la justicia llega vestida de expediente, de patrullero o de sentencia.

Y a veces llega más simple.

A veces tiene la forma de una mujer embarazada entrando viva a su propio funeral.

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