boca.
Y lo supe.
No estaba invitándome a pasear.
Me estaba conduciendo al lugar donde había decidido matarme.
Pensé en resistirme, en encerrarme, en buscar un arma, en correr. Pero estaba embarazada, la casa seguía aislada, él era físicamente más fuerte y, si provocaba una pelea allí dentro, no tenía ninguna garantía de salir viva. Así que hice lo único que me pareció posible: acompañarlo mientras intentaba ganar tiempo y buscar una oportunidad.
Subimos a la camioneta. El trayecto fue casi silencioso. El viento sacudía el vehículo y la nieve levantada por las ruedas golpeaba los costados como pequeñas piedras. Adrián llevaba ambas manos en el volante y tarareaba apenas, como quien conduce de regreso del trabajo. Yo miraba el paisaje intentando memorizar cada curva.
Tras cuarenta minutos, se detuvo en un mirador natural que no figuraba en ningún circuito turístico. Era una cornisa amplia, hermosa y brutal. Pinos cubiertos de hielo. Un valle inmenso. Una caída sin protección.
—Baja —dijo.
No me moví.
Él giró hacia mí.
—No me obligues.
Salí.
El frío mordía la cara. El aire cortaba la respiración. Adrián me sujetó del codo con una presión firme y me guio hacia el borde. No había nadie. No había señales. Solo esa blancura inmensa que parecía tragarse el sonido.
—Mira —dijo—. Es precioso.
—Adrián, basta. Quiero irme.
Me colocó de espaldas al vacío. Yo intenté apartarme.
Entonces lo vi.
No una duda. No un arrebato. No un accidente a punto de ocurrir.
Vi la decisión completa en su rostro.
Y antes de que pudiera gritar, sus manos se hundieron en mi pecho.
El empujón fue limpio.
Seco.
Definitivo.
Mis botas perdieron tracción y el mundo desapareció bajo mí.
Sentí el vacío, el golpe del viento, el tirón salvaje en el estómago. Extendí los brazos por reflejo, pero no había nada que agarrar. Alcancé a escuchar su risa. Una risa corta, satisfecha, casi aliviada.
Protege a tu hija.
Ese pensamiento no llegó como una frase elegante. Llegó como un instinto animal. Me encogí sobre el vientre y ofrecí la espalda, los hombros, la cabeza, lo que fuera necesario para cubrirla. Rodé entre ramas, nieve y piedra. Algo me abrió la sien. Otra cosa me raspó el brazo hasta el hueso. El dolor fue tan intenso que por un momento dejó de parecer dolor y se volvió solo luz blanca.
Después no recuerdo más.
Cuando desperté, el silencio era absoluto.
Estaba atrapada en una repisa angosta, no en el fondo del barranco. Un cúmulo de nieve endurecida, raíces y una saliente de roca habían amortiguado parte de la caída. Tenía medio cuerpo hundido en hielo blando y el abrigo hecho jirones. La sangre se me había pegado a la cara. No sentía bien la mano derecha.
Durante unos segundos no supe dónde estaba.
Luego recordé.
Y llevé ambas manos al vientre.
Esperé.
Un movimiento.
Pequeño.
Después otro.
Lloré sin ruido.
No de alivio completo, porque todavía podía perderla. No de tristeza. De ferocidad.
—No te voy a dejar aquí —le prometí.
Miré hacia arriba. Imposible. La cornisa quedaba demasiado lejos y demasiado vertical. Miré hacia abajo. Niebla blanca, pinos ennegrecidos y, hacia la izquierda, un punto de luz irregular que aparecía y desaparecía entre la tormenta tardía.
Era artificial.
Me arrastré hacia esa luz.
No tengo una memoria lineal