Tomás Rivera llegó a Querétaro una noche antes de lo planeado porque el último proveedor de la obra canceló la junta final.
En cualquier otro momento, habría avisado.
Habría mandado un mensaje a Clara desde la central de autobuses, habría comprado pan dulce en la esquina y habría subido al departamento con esa alegría torpe de quien quiere sorprender a su familia.
Pero aquel jueves, mientras el taxi avanzaba por avenidas húmedas después de una lluvia breve, sintió una ansiedad que no supo explicar.
No era miedo.
Era una especie de tirón en el pecho, como si algo en su casa lo estuviera llamando con urgencia.
Sacó el celular.
Tenía cuatro mensajes de Clara, todos cortos, todos enviados en horarios extraños.
“Cuando puedas me marcas.”
“Lucía sigue con fiebre.”
“No te preocupes, estoy viendo qué hago.”
El último, enviado esa tarde, decía solamente:
“Te extraño.”
Tomás había intentado llamarla dos veces desde León, pero en ambas ocasiones la llamada se cortó o nadie contestó.
Pensó que Clara estaría bañando a Lucía, haciendo comida, tratando de dormir un rato.
Su hija tenía tres años y cuando enfermaba se pegaba a su madre como si el mundo entero cupiera en ese abrazo.
Aun así, al llegar al edificio y ver las luces del departamento encendidas, supuso que encontraría cansancio, no abandono.
Subió las escaleras cargando la mochila al hombro.
En el tercer piso, antes de meter la llave, escuchó un sonido que le heló la sangre.
Era el llanto de Lucía.
No era un berrinche.
No era el llanto fuerte de una niña enojada.
Era bajo, quebrado, ronco.
Un quejido repetido que parecía salirle con esfuerzo.
“Papá…”, dijo la niña desde adentro, con una voz apagada.
Tomás abrió la puerta.
La escena que encontró quedó clavada en su memoria con una precisión cruel.
Clara estaba en la cocina, de pie frente a la estufa, con una sudadera vieja de Tomás y el cabello recogido de cualquier manera.
Tenía un brazo rodeando a Lucía, que estaba recargada contra su pecho, sudorosa, con las mejillas rojas y los ojos vidriosos.
Con la otra mano, Clara sostenía una cuchara y trataba de revolver arroz en una olla que ya olía a quemado.
Sobre la encimera había un termómetro digital.
Marcaba 39.4.
A un lado, un frasco de jarabe estaba abierto junto a una jeringa dosificadora.
Había pañuelos usados en una bolsa, un vaso de agua casi intacto y una cobija manchada sobre una silla.
En la mesa del comedor, Aurora, la madre de Tomás, cortaba enchiladas con una tranquilidad que parecía ensayada.
Tenía el celular apoyado contra una servilleta y veía un video con el volumen bajo.
Junto a ella, Julián, el hermano menor de Tomás, comía sin levantar la vista de la pantalla.
Los dos parecían invitados en una casa ajena.
El fregadero estaba lleno de platos.
En la sala había juguetes regados, ropa doblada a medias y una bolsa de basura cerrada que nadie había sacado.
Clara volteó al oír la puerta.
En cuanto vio a Tomás, su rostro cambió.
Durante un segundo, la mujer agotada desapareció y apareció la Clara de siempre: la que sonreía con los ojos, la que confiaba en él.
Luego esa luz se apagó, como si se hubiera recordado que no podía mostrar demasiado.
“Tomás”, dijo apenas.
Él