junto a la vidriera del local, con la luz de la tarde en la cara.
No fue un final perfecto. Hubo resentimiento, conversaciones difíciles, huecos imposibles de rellenar. Pero hubo verdad. Y la verdad, para Marina, valía más que cualquier vitrina.
Una tarde de otoño, meses después, cerró el local y se quedó sola acomodando papeles. Noé dormía en un cochecito al lado del escritorio. Marina abrió la caja fuerte pequeña del negocio y sacó el collar. El oro ya no le pareció un peso insoportable. Lo sostuvo entre las manos y abrió el broche. La inscripción seguía allí, diminuta y obstinada.
Para Alma, el día que encuentre a su hija.
Noé se movió en sueños y estiró una mano hacia el brillo. Sus dedos pequeños se cerraron sobre uno de los eslabones. Marina sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo, esa cadena no representó deuda, ni vergüenza, ni una puerta cerrada.
Representó algo más difícil de conseguir.
Representó que, pese a todo lo que habían intentado enterrarla, su historia había sobrevivido.