superficie interna imposible de detectar a simple vista.
Para Alma, el día que encuentre a su hija.
La sonrisa desapareció.
La sangre se le fue de la cara con una velocidad que le dio vergüenza incluso a solas.
—No puede ser —murmuró.
—Sí puede.
La voz vino desde la puerta del taller. Don Anselmo, el restaurador más antiguo de la casa, lo observaba con las manos manchadas de pulimento y una expresión severa. Llevaba más de cuarenta años trabajando allí. Había visto entrar y salir a generaciones de Salvatierra, y también sus secretos.
—Esa pieza la hizo tu abuelo para tu tía Alma —dijo—. Yo mismo rematé ese cierre.
Ignacio apretó el collar en el puño.
—Usted no vio nada.
Don Anselmo sostuvo la mirada.
—La pregunta no es qué vi yo. La pregunta es quién era la mujer que te la trajo.
Ignacio no respondió. Caminó hasta el teléfono interno y ordenó revisar las cámaras de seguridad, rastrear la salida de Marina y conseguir la dirección a partir del taxi que había tomado desde la esquina. Después hizo una llamada más.
—Abuela —dijo cuando atendieron—. Apareció la cadena.
Hubo silencio.
Cuando Ofelia Salvatierra habló, su voz no sonó sorprendida. Sonó cansada.
—Recupérala. Y asegúrate de que nadie empiece a hacer preguntas.
Ignacio colgó con la mandíbula tensa. Don Anselmo lo miró con desprecio.
—Tiene un bebé enfermo —dijo el viejo—. Déjala en paz.
Ignacio guardó el collar en la caja fuerte.
—Justamente por eso va a volver a necesitar dinero.
A kilómetros de ahí, Marina llegó a la guardia pediátrica con Noé respirando entrecortado contra su pecho. La médica de turno la atendió de inmediato. Fiebre alta, infección, riesgo de deshidratación. Necesitaba medicación, control y observación. Marina pagó lo que pudo con los billetes aún húmedos de su mano y se quedó sentada en una silla plástica del pasillo, con la manta gris sobre las rodillas, vacía por dentro.
Cuando intentó acomodar la tela alrededor del bebé, notó que una costura del borde estaba abierta. Metió los dedos y tocó algo duro. Sacó un sobre fino, escondido en el dobladillo.
Su corazón se aceleró.
Reconoció de inmediato la letra de Rosa.
Adentro había una foto antigua de una mujer joven de perfil elegante, sentada frente a un piano, con el mismo collar al cuello. También había una nota breve:
Si algún día te ves obligada a soltar el collar, busca a Inés Peralta antes de que los Salvatierra te encuentren a ti.
Debajo, una dirección de San Telmo.
Marina sintió el primer golpe verdadero del miedo. Salvatierra. El mismo apellido de Ignacio. El mismo del local. Rosa jamás le había contado casi nada de su pasado. Siempre decía que había trabajado en casas grandes donde la gente aprendía a esconder el daño detrás de los modales. Nada más.
Noé salió del consultorio más estable, con las mejillas aún calientes pero ya sin ese silbido terrible al respirar. La enfermera le explicó cómo administrarle la medicación y le dijo que había llegado justo a tiempo. Marina agradeció con una voz que apenas reconoció como suya.
En vez de volver a la pensión, fue a San Telmo.
La casa de Inés Peralta parecía haberse quedado detenida en otro siglo. Rejas altas, piso de damero, una luz amarilla detrás de una cortina