sin logos, de mi teléfono sin carcasa de lujo, de mi costumbre de llegar temprano a todos lados.
—Te ves antiguo, papá —me dijo una vez—. Deberías aprender a disfrutar lo que tienes.
La frase, dicha por un hombre que jamás había construido nada por sí mismo, me produjo algo parecido a la risa. Pero tampoco esa vez respondí.
Mi hija Clara sí lo veía.
—Lo estás acostumbrando a pisarte —me dijo una tarde, en la cocina de mi casa.
Ella cortaba naranjas para hacer jugo y hablaba sin melodrama, como si describiera una gotera.
—Está joven —respondí.
—No, papá. Está cómodo.
No quise discutir. Aceptar lo que Clara veía implicaba aceptar mi responsabilidad en haber criado a un hombre para quien todo límite era un ataque.
Luego murió Elena, mi esposa, y durante un año entero casi todo lo demás perdió nitidez.
El duelo tiene un efecto perverso: a veces uno no distingue entre paz y cansancio. Yo dejé pasar cosas que antes me habrían parecido inadmisibles porque no tenía energía para pelear. Adrián venía menos. Llamaba sólo cuando necesitaba algo. Verónica enviaba mensajes correctos, pulcros, vacíos. Clara fue quien me sostuvo sin hacerse notar demasiado. Me llevaba comida, me obligaba a salir, revisaba que tomara mis medicamentos y, sobre todo, no intentaba administrarme el dolor como si fuera una agenda.
Cuando salí un poco de la niebla, mi hijo ya se había acostumbrado a un privilegio absoluto.
Su cumpleaños treinta y dos cayó en martes.
Me llamó dos semanas antes.
—Vamos a hacer algo en la casa —dijo—. Sólo gente cercana.
No preguntó si yo quería ir. Lo dio por hecho, igual que todo lo demás.
Aun así, fui.
No por obligación. Tampoco por costumbre. Fui porque una parte humillante de mí todavía esperaba encontrar un resto de vínculo donde ya sólo había interés. Compré una pluma fuente antigua en una tienda de restauración y la mandé reparar con un artesano que conozco hace años. Había pertenecido a mi padre. Con esa pluma firmó el contrato de su pequeño taller mecánico mucho antes de enfermarse. Quise dársela a Adrián no por valor monetario, sino por lo que simbolizaba: trabajo, origen, continuidad.
Ahora sé que a veces uno ofrece memoria a quien sólo entiende precio.
La noche del cumpleaños hizo frío. Un viento seco levantaba hojas en la calle privada. Llegué manejando despacio. No estacioné enfrente porque el acceso estaba saturado de camionetas de alta gama, dos sedanes alquilados y un deportivo ridículo que seguramente alguien había pedido prestado para posar en las fotos.
Caminé con el regalo en la mano. El jardín delantero estaba iluminado con guirnaldas cálidas. Desde la entrada se oían risas, música demasiado fuerte y el choque cristalino de las copas. Todo se veía perfecto de esa manera artificial en que se ve perfecto aquello que ha sido preparado para ser mirado, no vivido.
Me abrió una empleada nueva que no conocía. Verónica apareció al fondo con un vestido color marfil y esa sonrisa exacta que usaba para no ensuciarse las manos. Me besó en la mejilla sin tocarme realmente.
—Qué bueno que viniste, Mateo.
Sin “don”. Sin cercanía. Sin calidez.
Entré. Saludé. Reconocí a cuatro personas del círculo social de Adrián, hombres y mujeres de treintas impecables, llenos de opiniones rápidas sobre restaurantes, inversiones